¿Y SI LA ECONOMÍA NO CRECIERA?

¿Y SI LA ECONOMÍA NO CRECIERA?

Estos días tienen a mucha gente atareada tratando de saber si la economía ha de crecer o no, este año.
A los analistas liberales ya les empiezan a aflorar los colmillos pensando en la lista de errores que imputarán al gobierno en caso de confirmarse una situación de crecimiento reducido o nulo, con inflación. Al gobierno, por su parte, le preocupa mantener la inercia de casi toda la década, ya que es en el crecimiento en quien se confía para disponer de más recursos para mejorar la condición de vida de los más pobres, tanto por la recaudación de impuestos como por el mayor trabajo y la inclusión que se podría generar.

Ambas conductas tienen su lógica, pero lo que necesita justificación es el sentido épico que se le da tanto a una mirada como la opuesta.
Como ejercicio, tanto para mejorar nuestra capacidad de analizar nuestro entorno, como para probar si somos capaces de bajar la tensión con que examinamos nuestra realidad, propongo tratar de contestar la pregunta del título. Es evidente que en el contexto actual de la comunidad, tanto nacional como mundial, donde el crecimiento es considerado un componente necesario para aspirar a mejorar la vida de los que menos tienen, generaría dificultades. Sería mejor crecer.
Pero, en definitiva, si todos hiciéramos lo mismo que el año pasado, tanto ocupados como desocupados, si todo fuera igual, ¿en qué consistiría el problema? No parece intuitivo decir que estaríamos mejor. Pero necesita una mirada aguda entender si no habría algunos que estarían mejor aunque no hubiera crecimiento y en tal caso, por compensación de suma cero, quienes estarían peor.
En principio, habría dificultades para sumar al trabajo no solo a los aspirantes previos, sino a los 200.000 jóvenes que se deberían sumar año a año. Es claro que al no expandirse, la economía no genera por sí misma nuevos puestos de trabajo.
Luego está la cuestión de la inflación. Si ésta – como yo creo – tiene por causa primera, no única pero hegemónica, el poder que ejercen eslabones dominantes de varias cadenas de valor para apropiarse de una mayor proporción de la renta global, con respecto a aquel valor que aportan, en ese caso la acción de esos grupos no se detendrá. La inflación sin crecimiento, sin embargo, se ve confrontada por un cambio de las expectativas, que surge esencialmente del mayor temor de parte de la población a perder su empleo, ante el aumento de la desocupación, aunque ese aumento no sea alto.
Tal cambio en el humor social, seguramente bajaría la propensión al gasto y sería uno de los factores típicos de confirmación de un ciclo recesivo.
En tal caso, además de la caída de la demanda externa de ciertos bienes insignia, como son los autos, aparecería una caída de la demanda interna. Esa es la real señal de un ciclo recesivo, con el agravante – reitero – que la conducta de muchas empresas dominantes las lleva todo el tiempo a mejorar su rentabilidad simplemente moviendo los precios, con lo cual en tal escenario, el resultado de conflicto por la distribución del ingreso sería peor. A la caída de la demanda le corresponde la caída de la inversión y la rentabilidad empresaria, hasta que el sistema rebota y vuelven a reaparecer tanto la oferta como la demanda, en una secuencia que omito más detallada, porque es la repitencia de los ciclos económicos capitalistas típicos.
Bien se dice que ante una perspectiva como la señalada con brocha muy gruesa, un gobierno que quiera cuidar a la gente debería aplicar medidas contracíclicas y el nuestro está claro que tiene predisposición a ello.
Sin embargo, si esas medidas buscan conservar el empleo preexistente y apoyar planes de vivienda o de financiación de las empresas más pequeñas, con ser útiles una a una y seguramente bien intencionadas y bien concebidas, no van al hueso del problema argentino, se apegan demasiado a la explicación tradicional de un ciclo y por ende pueden demorar la recesión, pero no transmutar el escenario a otro de mejora sostenible y permanente.

Hay varias diferencias entre el escenario económico argentino y el que describe un texto de economía clásica, que a su vez coincide con el que tienen en la cabeza los economistas de los países centrales y se enseña en nuestras universidades.
Para no aburrir, diré que la diferencia central y decisiva es que tenemos una economía de muy baja competencia en el mercado interno, liderada en la gran mayoría de los casos por filiales de empresas multinacionales.
Eso provoca dos cosas que no están en los textos de economía racional de mercado:
a) Una baja en las sumas disponibles para inversión, porque se giran utilidades importantes al exterior. Este año, llegarán a los 10000 Millones de dólares incluyendo los intereses de préstamos que muchas veces son auto préstamos.
b) Una inflación inducida por la posición dominante, más rotunda cuanto menos raíces en el país tiene quien decide ese abuso.

Por lo tanto, el paquete contracíclico no puede ser simplemente keynesiano.
Debería contener al menos cuatro medidas adicionales para esta coyuntura histórica.

1 – Creación de un comité de control de precios de las empresas que tienen posición dominante, con publicidad y transparencia total en la evaluación y la información. Eliminar los ámbitos mágicos de poder con pistola sobre la mesa incluida, que resulta ser de juguete, para creer en la democracia más auténtica.

2 – Modificar la ley de inversiones extranjeras, incorporando cláusulas que obliguen a una mejora sustancial de la inversión de las utilidades en el país, con un control real y público de los casos paradigmáticos.

3 – Generar proyectos de inversión pública o privada o mixta a partir de los 70000 Millones de dólares anuales de importaciones argentinas, que implican que la demanda ya existe y hay que generar la oferta. No menos – no menos – de un tercio de ese volumen es factible de ser producido en un trienio en el país, con tecnología disponible. La ingeniería económica y de promoción es conocida y no pasa por la regulación cuantitativa que hoy se está llevando adelante.

4 – Redistribuir las cargas y los ingresos sobre el escenario actual, mirado de un modo estático – como si no se creciera o fuera a crecer – a partir de aplicar lógicas de justicia social básica. Esto significa desde repensar la estructura impositiva de una zona franca insólita que no exporta más que a la Argentina, como Tierra del Fuego; hasta preguntarse si es lógico que tantos concejales de tantos municipios o directores de tantos ministerios provinciales o nacionales ganen 30.000 pesos por mes. Desde repensar el beneficio minero si es que no se integra las restantes etapas de la cadena de valor en el país; hasta incluir en la recaudación impositiva el impuesto a la ganancia de capital para inversiones financieras que tiene vigencia en todo el mundo.

Si dejamos de crecer al ritmo anterior o si no crecemos en absoluto, ya lo volveremos a hacer. El capitalismo es así. La recuperación del crecimiento será en menor tiempo si se apela a planes como el de vivienda para sectores populares o se aplican programas para evitar despidos. Pero si en la crisis se emparejan las cargas, se controlan posiciones dominantes, se recuerda a los inversores extranjeros que tienen un compromiso con esta sociedad donde generan su ganancia, seguramente saldremos más rápido y volveremos a perder aire dentro de mucho, mucho tiempo.

Emm/5.7.12

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