VAMOS CRISTINA,TODAVÍA

VAMOS CRISTINA, TODAVÍA

Durante el año 2000 tuve el privilegio de ser uno de los 257 diputados nacionales. Lamentablemente, me tocó ser oposición dentro del oficialismo, porque desde el mismo inicio, junto con un grupo de siete diputados más, tuvimos que enfrentar el desgraciado proyecto de reforma laboral impulsado por el radicalismo. Desde ese incómodo lugar conocí a Cristina Kirchner, que estaba aislada al interior del bloque justicialista y tenía mucho diálogo con Alicia Castro, también oficialista disidente, quien se sentaba en la banca junto a la mía.

Cuando Chacho Alvarez hizo pública su adhesión al proyecto de ley, difundí una nota en Página 12 con título “Vamos Chacho, todavía” donde sugería al amigo volver a sus fuentes, caminar los barrios, recuperar contacto con la gente y a partir de allí rearmar su análisis político.
Ese día, Cristina, lectora pertinaz de los diarios, se cruzó en el recinto y me felicitó por la nota, diciendo que era muy peronista. Muy peruca, dijo.
Siempre recordé la anécdota, que se agigantó cuando la emisora tomó otra dimensión protagónica en la política argentina y hoy me vuelve a la memoria, con fuerza.
Diez años de gestión en el máximo nivel nacional llevan aparejados, paradójicamente, la construcción de una rutina que reduce los encuentros ciudadanos a una cohorte acotada. Desde la peluquera o el médico, hasta los ministros o gobernadores, todos son roles establecidos y previsibles, en que los intercambios tienen poco de espontáneo y mucho de discurso calculado por parte del que se aproxima a quien sabe dueña de la decisión última. Quien llega, cree haber estudiado la personalidad del vértice y en consecuencia cree saber qué decir para lograr que su necesidad o su pedido tengan mayor probabilidad de ser satisfechos. Del otro lado, las aprensiones y las reservas crecen y crecen. Es casi inevitable y hay que estar prevenid@ sobre ese escenario.
Aquí se agota el paralelo con el Chacho, por muchas razones, pero queda vigente la pérdida de contacto con algunas facetas de la vida cotidiana, que dañan la eficacia de la gestión.
El abordaje de la pobreza es tal vez lo más crítico. Cristina ha expuesto de manera coherente y sistemática su vocación de liderar un proceso que termine con la pobreza en la Argentina. La rutina presidencial, sin embargo, lleva a que el contacto con el tema es a través de las estadísticas, de ministros y gobernadores, de punteros que hablan en nombre de.
No se trata solo de discutir si se aplican los absurdos criterios del Banco Mundial que utiliza el INDEC, diseñados originalmente para invisibilizar la pobreza o se calcula la cantidad de gente que tiene ingresos por debajo de cierta definición de canasta familiar. No es solo saber si son dos millones de compatriotas u ocho. Es darse el espacio para redefinir qué es un pobre, término relativo y no absoluto. Cómo piensan los más humildes sobre su presente y su futuro, sobre las causas de su condición y los caminos de salida. Eso no surge ni surgirá solamente de analistas académicos, por mejor voluntad que pongan. Solo se puede entender cabalmente por el contacto directo, tanto con las organizaciones de base, como incluso con aquellos con menos esperanza y voluntad de lucha.
Cristina, y el Frente para la Victoria en su conjunto, cuentan con la ventaja y a la vez la responsabilidad de ser el único espacio político con gran caudal de votos que tiene real preocupación por los que menos tienen. Todos sus competidores discuten las estadísticas, pero a continuación se limitan a proponer variadas formas de ajuste o de asistencialismo menor, que no tienen ni punto de comparación con el derrame inducido, que ha sido política sistemática de estos 10 años y que ahora debe ser rediscutido, ya que parece claramente haber encontrado su límite. Si Cristina pudiera configurar una mesa de debate con las federaciones de cartoneros, con Vía Campesina, con cooperativistas de Argentina Trabaja, con empresas recuperadas, con artesanos, con jóvenes que ni estudian ni trabajan, con villeros, seguramente descubriría un mundo con matices inexplorados por la clase dirigente argentina. Allí afloraría el hecho objetivo de la insuficiencia de los subsidios, a pesar de que tienen su mayor dimensión histórica por lejos, junto con la subjetividad que reclama trabajo decente, y que tiene una serie de propuestas normalmente ni siquiera percibidas por los funcionarios.
Allí podría tomar cuerpo la posibilidad de contar con un Ministerio para la Producción Popular, que atienda los particulares condicionamientos de diseño de unidades de producción orientadas a satisfacer las demandas sociales necesarias, junto con las nuevas formas de capacitación y financiación requeridas para dejar atrás el derrame inducido y focalizar las políticas de superación de la pobreza. Sería ingresar un mundo nuevo, con todo por ganar.
Imagino la mezcla de felicidad y emoción con que la Presidenta podría encarar ese diálogo.
Vamos Cristina, todavía
27.8.13

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