TÚ Y ÉL EXCLUYEN, NOSOTROS INCLUÍMOS

TÚ Y ÉL EXCLUYEN, NOSOTROS INCLUÍMOS

El diagnóstico sobre la relación entre la cantidad de trabajadores y el crecimiento del producto de la economía es básicamente compartido a derecha e izquierda.
Si la economía crece, se dice, aumenta la demanda de trabajo. En dirección opuesta, si no hay una base disponible de trabajadores calificados, el crecimiento se dificulta.
De manera coherente con esos principios, se considera esencial garantizar un crecimiento alto y sostenido, con un sistema de formación educativa y extra curricular que permita cubrir todos los engranajes de la maquinaria productiva.
Sin embargo, los desajustes han sido notorios.

Hemos tenido y tenemos períodos de crecimiento del producto sin aumento correlativo de la demanda laboral.
Hemos tenido y tenemos un aumento desproporcionado de los trabajos de baja calificación. El comercio y los servicios han aumentado su participación a expensas del trabajo industrial.
La desocupación ya no encuentra su piso en el 3% de hace 20 años. Ya se estabiliza en el 7% y si agregara la población subsidiada y los trabajadores sin derechos básicos podría más que duplicarse.
El llamado trabajo informal – trabajo con derechos reducidos o nulos – abarca una de cada tres personas activas, cifra menor a la del pozo de 2001 pero impresionante, por la baja productividad media que se esconde detrás de ese dato, que así separa el hecho de trabajar del acceso a la subsistencia. Lo primero no garantiza lo segundo.
Se ha incorporado al lenguaje común el término excluido – el que está fuera del sistema – y aparece como una meta social la inclusión – poner compatriotas dentro del sistema.
Ante tal escenario los neoliberales no se hacen mayores problemas teóricos. Hay buscar inversiones donde sea, para que crezca el producto. Ser excluido o incluido es en esencia un problema individual. El que quiera estar bien, debe estudiar y ser un buen postulante para alguna demanda laboral.
Para los que quedan afuera, está la asistencia social, como atenuadora de conflictos sociales. Desde el programa PAN hacia acá, esa ha sido la mirada.

Desde 2003 hasta el presente la inclusión social se incorporó como meta central en el discurso político. Eso llevó a cambios importantes en los esfuerzos realizados a favor de los sectores más humildes. Sin embargo, desde el punto de vista estructural la diferencia con la etapa anterior es de cantidad, no de calidad.
Es decir: la demanda laboral ha sido traccionada por un aumento del producto – y dentro de él del mercado interno – sin precedentes históricos cercanos; los programas de formación profesional se han expandido enormemente; los trabajos subsidiados en obras públicas y complementarios son importantes. Las compensaciones monetarias directas, como la asignación universal por hijo o las jubilaciones por edad, sin aportes suficientes, marcan un hito histórico. Con todo ese arsenal y ese esfuerzo, el escenario global del trabajo y el empleo es el reseñado más arriba, lamentablemente.

LA EXPLICACIÓN

Los inmigrantes de principios del siglo 20 y los emigrantes internos de 1930 a 1950 no eran excluidos. Eran ciudadanos de la más variada capacitación – muchos de ellos analfabetos – que se trasladaban para satisfacer una demanda laboral cierta, concreta y en buena medida preexistente.
La expansión de la actividad económica – y en particular del agro y la industria – era suficiente motor para acercarse a la plena ocupación.
La globalización, que comenzó a consolidarse desde los ´70 y cuyo nivel de concentración ni siquiera se estabiliza, sino que es creciente, es un proceso que por diversos mecanismos segrega el poder económico, los ingresos, las posibilidades de trabajo, estirando la asimetría de oportunidades hasta crear en el conciente colectivo la figura del excluido. Es el que está afuera y no puede entrar. En una gran proporción, estaban adentro, él o sus padres o abuelos, y se cayeron del sistema. Es una ruptura de los vasos comunicantes históricos, donde por diversos caminos la llamada movilidad social era un hecho factible.
Creciendo a cualquier tasa y en cualquier país desarrollado o semi desarrollado del mundo, la evaluación ha sido la misma. Dejemos fuera de la norma solo a China e India, no porque hayan aplicado políticas distintas o experimentado éxitos o fracasos diferenciales, sino porque se trata de sociedades con historias no comparables en absoluto a las del mundo occidental.
Sin comprender cabalmente el fenómeno de la exclusión – obviamente previo a la inclusión o reinclusión – es poca la seguridad que tenemos del posible éxito de las políticas que se diseñen. En particular, no podemos confiar en que la receta sea buscar aumentar el crecimiento más de lo que se haya logrado o reforzar los programas de capacitación a escala superlativa. Corremos en tal caso el riesgo de asemejarnos a los neoliberales, que ante en fracaso reiterado de los programas de ajuste, imputaron esas derrotas a que el ajuste había sido demasiado pequeño.
Debemos empezar por aceptar que el capitalismo globalizado es excluyente, sea cual sea la velocidad con que evolucione. Si hemos de convivir con él, es necesario pensar y aplicar cambios estructurales que hagan del trabajo digno un derecho inalienable y una posibilidad concreta para cualquier compatriota.

LOS CAMINOS

En un documento anterior he trabajado la idea de demanda socialmente necesaria (DSN)

http://www.propuestasviables.com.ar/index.php/2013/06/30/que-es-la-demanda-socialmente-necesaria-dsn/

Aquí complementaré esos conceptos con algunas reflexiones más políticas.
Desde 2003 el gobierno nacional ha expresado su vocación de justicia social fortaleciendo el estado de bienestar, que hoy asegura ingresos sin contraprestación laboral relevante a millones de personas. Además de ese conjunto social, al cual el sistema considera “subsidiados”, sea que trabajen mucho, poco o nada a cambio del ingreso que reciben, hay otro conjunto de trabajadores que intenta ingresar a la economía de mercado, pero la estructura de ésta los coloca en situación que no asegura la subsistencia. Es el caso de muchos artesanos, los recuperadores urbanos – los llamados cartoneros -, los miembros de la agricultura familiar, las cooperativas de empresas recuperadas.
Son dos categorías de excluidos. Aquellos que se cayeron y a los que el Estado ayuda pidiendo poco a cambio y aquellos que están afuera, quieren entrar, en buena medida por sus propios medios, y la estructura los rechaza.
El segundo grupo necesita que se construyan escenarios distintos de los tradicionales.
Los artesanos deben contar con espacios dignos de contacto con los posibles consumidores.
Los recuperadores urbanos deben ser liberados de los intermediarios que se limitan a comprar o vender a las industrias y deben tener acceso a eslabones de agregado de valor al vidrio, la madera, el papel, los plásticos y al reciclado de los residuos electrónicos.
Los miembros de la agricultura familiar deben tener derecho a comercializar con acceso directo al mismo público masivo que hoy atienden los hipermercados y sin sufrir ni la censura ni la intermediación de éstos.
Las cooperativas recuperadas deben ser sujeto de crédito y recibir asistencia técnica que les permite reincorporarse al mercado que ocupaba la empresa original.
Cada uno de los cuatro casos requiere un tratamiento específico y estructural que va mas allá del crédito o la capacitación. Se requiere que el Estado use su poder para bloquear las tendencias excluyentes o explotadoras del mercado.
En el caso de aquellos a quienes el Estado ayuda con ingresos, pidiendo poco o nada a cambio, y en general como lógica de inclusión que vale para el presente y seguramente un futuro extendido, debemos incorporar nuevos conceptos.
La primera idea –casi axioma – es que no se excluye lo que se cree necesario.
Es decir: necesitamos identificar los roles socioeconómicos que la globalización y la búsqueda del lucro han dejado de lado y están perjudicando la calidad de vida general. En lugar de convertir a esos roles en negocios, debemos asumirlos como DSN y asignarlos a grupos sociales identificados, con una retribución digna y sobre todo con el reconocimiento social de la necesidad de su existencia. Es imperativo que una cooperativa de perforación para agua potable y tratamiento de efluentes domiciliarios – por ejemplo – resulte tan natural como un policía o un conductor de ambulancia.
Identificar tareas similares, que no se implementan porque al capitalismo le resulta fácil definir quien se queda con las ganancias pero no se ocupa del ambiente, de la vivienda popular, de la energía, de la alimentación o la vestimenta provistas localmente, resultaría en una larga lista. Eso sin sumar la educación y el cuidado de los infantes o de los ancianos.
El plan estratégico del Instituto para la Producción Popular se basa en estos ejes, evitando caer en la trampa de las enumeraciones fáciles de tareas no coordinadas.
Se puede ver en:

http://www.propuestasviables.com.ar/index.php/2013/06/27/a-los-companeros-de-construccion-colectiva-y-del-mov-evita-aqui-esta-el-plan-estrategico-del-ipp-queremos-dejar-la-marca/

El segundo y último concepto fuerte que se analizará aquí debe ser discutido al interior de las organizaciones de base que agrupan y representan a los hoy llamados excluidos.
El rol social del subsidiado no es el de un trabajador. Es un compatriota que quedó fuera del mercado laboral y se le compensa con ingresos muy modestos, normalmente inferiores a la subsistencia. Cuando esa condición se prolonga en el tiempo, se produce una adaptación. O se consigue una changa complementaria, o algún miembro de la familia lo hace, o simplemente el subsidio es una aporte a una magra canasta familiar común, a la cual se adaptan los consumos. En tal situación, la relación ingreso/ trabajo se rompe. El Estado pasa a ser alguien a quien reclamar que el subsidio aumente y no más que eso. Los funcionarios toman nota y el clientelismo se instala con fuerza. Con tanta fuerza que la relación va más allá de la ideología: quien pueda administrar los subsidios manipula las voluntades. La dolorosa conclusión es que se construye un círculo sin salida.
Las organizaciones de base, que bregan por una mayor justicia social, deben hacer un esfuerzo permanente para que la conciencia colectiva de los compañeros no solo asuma la situación como insatisfactoria, sino también como superable por un único camino: el reconocimiento por los terceros de un rol social que justifica un trabajo digno y una retribución acorde.
Ganar esa conciencia y fortalecerla es una verdadera tarea militante. Tal vez: LA TAREA.

Emm/24.9.13

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