Sustituir es palabra nueva – Nota para Miradas al Sur

SUSTITUIR ES PALABRA NUEVA

La economía como objeto de consumo, se simplifica y muchas veces termina convirtiéndose en una serie de consignas casi incomprensibles.
La sustitución de importaciones cae en esa volteada. Una de las secuelas de la crisis de 1929, que fue profundizada por el gobierno peronista de 1946 a 1955, fue el aumento de la producción industrial nacional, que primero reemplazó productos que dejaron de comprarse por la crisis internacional y luego aquellos otros a que se fue animando un complejo metalúrgico, que resultó de enorme importancia para sustentar nuestro desarrollo.

La derivación de bienes de capital de Estados Unidos a la recuperación de la Europa de post guerra agregó un elemento más de estímulo, ante la falta de oferta para esta región, que hizo que acá se produjeran bienes que una generación antes resultaba inimaginable que fueran de fabricación nacional.
La posterior y reciente globalización, que entre otras cosas ha significado la reducción de los aranceles de importación a cifras muy modestas, junto con la instalación del dogma neoliberal en la década de los ´90, necesitaban que se estableciera como cerrado el tiempo de la sustitución de importaciones. La libertad de comercio, la especialización exportadora, pasaron a ser los latiguillos del nuevo tiempo.
Con esa mochila, quien habla hoy de sustituir importaciones es inmediatamente tildado de nostálgico, de elemental, poco menos, por las huestes económicas siempre ávidas de palabras nuevas que disimulen valores anquilosados. Sin embargo, se podría decir, a la inversa, que el reemplazo de importación por producción local es una responsabilidad permanente de cualquier gobierno de un país industrial, y éste lo es. Hay numerosos ejemplos de detallados trabajos en Francia, Estados Unidos, o similares, buscando definir los perfiles requeridos para mejorar la participación de sus industriales en la oferta interna.
La diferencia reside en que el contexto mundial ha cambiado sustancialmente. Hoy no es una combinación de aranceles y crédito, como hace medio siglo, lo que basta. En aquel entonces, la creatividad de empresarios, que en la mayoría de los casos no tenía formación técnica profesional, hizo milagros. Hoy, casi ningún bien complejo es realizado íntegramente en una sola empresa, como sucedía allá lejos. Desde los automóviles a todo bien electrónico o aparato médico o informático, se llega a el a través de una cadena de agregado de valor, donde una empresa controla el diseño, la marca y algo de la venta, pero todo lo demás se dispersa por el mundo, en función de una combinación de conocimiento técnico y costo de producción, que es aceptada por quien junta todos los pedazos.
Meterse en esa cadena con algo más que los billetes para comprar el bien final es una cuestión bien densa, que puede llevar a soluciones distintas en el caso automotriz que en un televisor o un celular, por ejemplo. Y sobre todo, se trata de operar en escenarios muy dinámicos, donde el interés de las corporaciones en todos los casos se puede prever que tenga algún punto de confrontación con el del país donde está instalada una filial. La corporación quiere maximizar la ganancia; cada país quiere optimizar la ocupación y el valor agregado local.
Allí no se puede actuar espasmódicamente, como por caso hemos hecho anunciando en 2010 que llegaron las mejores marcas de celulares y televisores a fabricar en Tierra del Fuego y señalando en 2012, desde el mismo Ministerio que las promovió, que si esos emprendimientos no superan la etapa de ensamblado son inviables.
La metodología es mucho más laboriosa que la mera presión o invitación a la negociación. El resultado de un trabajo a conciencia debería tener varias facetas.
Por un lado integrar en el país todo componente de tecnología simple y hecho con un material, como ciertos plásticos, que tienen altos costos de flete por su bajo peso específico.
Por otro lado, encarar la producción de ciertos componentes en los que se pueda imaginar participar de la cadena de valor a escala superior a la nacional. Esto es: reemplazar una importación actual y a la vez sumar rápidamente el acceso a mercados externos.
Si en esas dos aristas se pudiera tener avances y además se hiciera el ensamblado en el país y toda la atención de post venta, se podría sostener que se ha avanzado en un proceso moderno de sustitución de importaciones, al cual en realidad deberíamos llamar de “incorporación digna a cadenas de valor internacionales”. En ese tránsito el conocimiento juega un papel crucial, que a nivel oficial no se llega aún a valorar. Es el día o la noche. Nada importante podrá suceder en los espacios que estamos hablando si nos limitamos a utilizar como elemento de avance la presión política y alguna seducción de beneficio crediticio o impositivo. Si un país tiene una base de conocimiento depositada en empresarios e investigadores, tiene un cierto horizonte. Si no la tiene, es dependiente, sin vueltas.
Emm/5.4.2012

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