SOBRE MODELOS PRODUCTIVOS nota en Miradas al Sur, con comparación de costos

SOBRE MODELOS PRODUCTIVOS

Es tiempo de discutir modelos productivos y macroeconómicos y seguramente lo seguirá siendo por décadas.
La forma en que esos debates llegan al ciudadano medio es variada pero aún así limitada.
La más notoria discusión gira alrededor del rol de Estado. Un rol expansivo para éste, donde las inversiones públicas compensen las caídas en la demanda privada, es contrapuesto con el ajuste, en que los eventuales desequilibrios se corrigen reduciendo la actividad pública, incluyendo los salarios que paga el Estado, priorizando así la atención de las obligaciones financieras. En el primer caso – la mirada keynesiana clásica – se considera central mantener el nivel de actividad económica. En el segundo caso – la receta neoliberal – lo que se coloca en el foco es la salud del sistema financiero, que de tal modo podría ser apoyo de un nuevo ciclo de inversiones.

Una segunda discusión, ya no acerca del papel del Estado, es cual debe ser la actividad que sirva de base para la expansión económica. Los neoliberales han sostenido durante años la necesidad de la especialización exportadora, o sea concentrar la atención en aquello donde se pueda competir exitosamente en el mundo y a partir de los excedentes así generados, atender el resto de las necesidades de la sociedad, si es necesario – en la mayoría de los casos – a través de la importación. La alternativa, implementada por nuestro gobierno y otros de la región, es priorizar la capacidad de consumo de los ciudadanos, entendiendo que ella sirve como incentivo para el desarrollo de una trama productiva diversificada, de la cual también forma parte la que tiene como destino la exportación.
Los presentados son los dos debates habituales, que suelen consumir titulares y contenidos periodísticos y políticos.
Hay un tercer plano de controversia que no es tan común. Se refiere a cómo se distribuyen los beneficios al interior de una cadena de valor. Esto es: cuando se produce un bien – por ejemplo: tela de algodón – cuanto del valor agregado a la materia prima – el hilado – queda como salario de trabajadores y cuanto como retribución del capital. Y además: el costo total, calculado sobre la suma de esas retribuciones más todo otro gasto, cómo se compara con el costo de otros países.
Si la producción nacional así valuada resulta más cara que la posible importación y aún así queremos tener esa industria, se podrán aplicar impuestos a lo extranjero. Todos nosotros, como consumidores, pagaremos la diferencia, a cambio de tener mayor ocupación.
Si por el contrario no queremos cargar sobre los consumidores, aparecerá una presión para que los empresarios, o los trabajadores, o ambos, reciban menos ingreso. Finalmente, si los empresarios tienen suficiente poder – muchas veces lo tienen – trasladarán todo el esfuerzo a sus trabajadores, con lo cual se produce la paradoja que se baja el costo, pero también se baja la capacidad adquisitiva de los trabajadores del sector. Algunos argentinos cobrarían menos, para que otros argentinos puedan consumir más barato.
Las pocas veces que hemos discutido esta cuestión, lo hemos hecho en estos términos, típicos de la frazada corta: unos se embroman para que otros estén mejor.
Sin embargo, hay más miradas. La Federación Internacional de Industrias Textiles, con sede en Suiza, compara cada 2 años costos de producción de 8 países, desde Italia con sueldos de 25 dólares la hora a Corea, que paga 8.50 o China o Egipto, que pagan 1.03 y 1.05 respectivamente.
Dejando fuera del marco a Italia, que resulta más caro y orienta su producción a rubros más especializados, el resultado casi sorprendente – para nuestros prejuicios habituales – es que los costos totales de los otros 7 países – Corea, Estados Unidos, Brasil, Turquía, Egipto, China, India – terminan estando en una banda de apenas el 10% de diferencia entre extremos.
¿Cómo es eso?
Los países con mayores salarios – Corea y Estados Unidos – tienen menos desperdicio industrial que el resto; su consumo de energía es mucho más bajo; la productividad del trabajo es bastante mayor. La suma de todos estos factores de mejora de la eficiencia compensa los mayores salarios y no castiga a los consumidores finales. Reitero: el costo de una tela de algodón hecha en Corea, por ejemplo, según este organismo de alta seriedad, es solo 3% mayor que la china, a pesar que sus salarios son 700% superiores.
La tecnología, tanto dura como blanda, como factor de aumento de competitividad, sin deterioro del salario, sino lo contrario, como elemento que permite contar con salarios altos, es una cuestión que en el país no se trata o si se lo hace, es con el prejuicio que va en contra de los trabajadores, que supone que el único efecto es la reducción de personal.
Efectivamente, eso es cierto cuando son solo los empresarios quienes definen la estrategia productiva. Hay estudios que muestran que el salario real en Argentina ha aumentado la última década bastante menos que la productividad. Ese es el escenario donde la industria existe porque los trabajadores la están financiando con sus salarios reducidos. Las industrias textil coreana o estadounidense muestran que otro escenario es posible.
Emm/20.7.12
Anexo:
comparacion de costos internacionales

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