SINDICALISMO Y GOBIERNO – LOS DEBERES DE CRISTINA Y HUGO

El peronismo histórico es quien construyó un escenario de poder político que incluye al sindicalismo. Hasta entonces, la relación entre quienes administraban el Estado y los sindicatos había sido pura confrontación, limitada al plano laboral, en tanto y en cuanto quienes administraban el poder público claramente lo hacían en nombre de la hegemonía económica.

Perón no solo reivindicó los derechos de los más débiles. Sumó a éstos a la política activa, lo cual es tan importante como lo anterior. Fue en ese momento que aparecieron diputados y senadores de origen y pertenencia explícita sindical. Después, a lo largo de todo lapso democrático, hubo diputados, senadores, hasta un gobernador de Córdoba o un vicegobernador de Buenos Aires, pertenecientes al sindicalismo.
Oraldo Britos fue hasta el 2001 el referente obligado de la legislación previsional; Lorenzo Pepe lo mismo en transportes. Por mencionar solo algunos ejemplos.
Hoy el sindicalismo casi no tiene presencia en diputados; ninguna en senadores; nada en ejecutivos provinciales o ni siquiera municipales. ¿Qué pasó? Una mirada simplemente de cronista lleva a advertir que la renovación de figuras luego del enorme trauma de principios de esta década, tiró por los aires la representación gremial en la dirigencia política del peronismo. ¿Por qué?
El liderazgo absolutamente no discutido de Perón se transmutó, hace 10 años, en liderazgos formales pero en proceso de evaporación, como el de Eduardo Duhalde, o en liderazgos a construir y luego revalidar, como el de Néstor Kirchner, además de varios otros intentos menores que fueron languideciendo y desapareciendo por el camino.
La puja no se dilucidó en congresos políticos o en debates en papel o en la calle. Se resolvió por un método “burgués”: el sufragio universal. El 23% de los votos de la auténtica interna abierta de 2003 le dio a Néstor Kirchner la oportunidad de ser líder. Y la aprovechó. Un discurso y una acción que no vale la pena detallar aquí por conocidos, les dio a Néstor y luego a Cristina esa hegemonía política buscada. Fundándose, una y otra vez, en el mismo proceso de legitimación tanto hacia la sociedad, como hacia el interior del espacio político propio: los votos.
El liderazgo ya no se ejerce, como hace 60 años, sobre un movimiento, estructurado, con mayor o menor solidez, sobre las famosas tres ramas (política, femenina y sindical). Se ejerce, en cambio, sobre una proporción mayoritaria de la población, que ha delegado la responsabilidad de gobernar, a través del voto.
La relación es bastante distinta y con muy diferente compromiso entre líder y liderados. En el primer caso – el peronismo histórico – había un compromiso de pertenencia, que obligaba a un intenso intercambio entre la cúpula y las bases, casi cotidiano. Hoy hay un compromiso de resultados. Se fortalece el liderazgo si se concreta el crecimiento con inclusión, si la gente está mejor en su vida cotidiana y por eso reitera su voto. No se considera determinante si se debate mejor y más intensamente el rumbo o se integran más trabajadores como protagonistas de la conducción.
Ni Cristina Kirchner ni Hugo Moyano puede decirse que sean responsables únicos y directos del nuevo escenario. Tal vez podría calificárselos de presos de un hecho histórico que recibieron armado.
Pero cada uno de ellos – y por extensión cada uno de nosotros – tenemos posibilidad de reflexionar si el marco actual es mejor o peor que el anterior o hay un tercer espacio, superador de los dos anteriores. Y tanto Cristina como Hugo, en caso de asumir en profundidad la caracterización de cual es el liderazgo requerido para el momento, obviamente pueden hacer mucho más para concretarlo que nosotros, los ciudadanos comunes.
Yo adelanto mi opinión.
El peronismo histórico libraba una batalla para instalar una nueva doctrina, un nuevo sentido de Nación y del papel de los ciudadanos en él, incluyendo una muy fuerte redefinición del papel de los postergados. Tanto como consumidores, como en su rol de ciudadanos, de protagonistas políticos.
El kirchnerismo – lamento usar un término que no me gusta, pero que es aceptado por la propia conducción de la Nación – plantea también una batalla, pero la limita al bienestar económico, a que todo argentino salga de la pobreza. Es una meta altamente valorable y bien difícil de ejecutar, a la cual hay que acompañar. Pero en términos históricos es limitada y hasta se corre el riesgo que su limitación la exponga al fracaso. En efecto, al asignarle el papel protagónico en esa tarea solo a las fuerzas del mercado como generadoras de riqueza y al Estado como distribuidor de esa riqueza, deja afuera el protagonismo de quienes se quiere beneficiarios centrales del progreso : los humildes. De ese modo, el éxito pasa a depender de negociaciones interminables con el poder económico concentrado, arrancando de a pedacitos los beneficios a distribuir. El Estado queda muy solo frente a un poder muy grande y con la debilidad adicional que quienes representan a los humildes en esa pelea no son miembros de los sectores necesitados, sino dirigentes políticos con extracción de clase media, respecto de los cuales pasa a ser necesario confiar en sus convicciones más que en sus vivencias de la vida cotidiana.
La batalla por el bienestar económico general, solo podrá ser ganada si hay un protagonismo político mucho – mucho – más importante de los sectores más necesitados y de los trabajadores organizados. Es una condición necesaria. No es exactamente una cuestión de jóvenes o viejos. Es de pertenencia social.
Cristina es un gran cuadro político. Puede y debe ver esto.
Hugo es otro gran cuadro político. Debe advertir que el cambio necesario, que reclama con justicia, no puede ser fracturista sino integrador.
El adversario es muy poderoso.

EMM/ 16.12.11

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