MASSITA

MASSITA

En todo el mundo, como un subproducto de la hegemonía del capitalismo concentrado y concentrador, la disputa política por la conducción del Estado se ha ido convirtiendo en una de esas películas con argumento central único, de la cual se hacen infinitas versiones, tantas como pequeñas variantes se introducen, pero que giran alrededor del mismo conflicto.

Se podría decir que hoy solo hay tres espacios, aunque se disimulen detrás de las apetencias personales o de alguna forma de marketing y parezcan más:
a) Quienes creen que la mejor – o la única – forma de vivir en estos tiempos es admitiendo que el mercado ordena nuestras vidas y por lo tanto los ganadores de la competencia conducen directa o indirectamente cada una de las facetas comunitarias.
Esta lógica tiene grados. Va desde quienes son meros instrumentos de la avaricia o la búsqueda del lucro sin límites y piensan que los perdedores deben arreglárselas por su cuenta hasta quienes imaginan que puede haber diversos grados de contención o ayuda para los perdidosos o para los excluidos permanentes.

b) Quienes creen que la situación anterior no solo es injusta sino también inestable. Propugnan que el Estado sea quien conduzca al mercado, buscando diseñar y aplicar formas de equidad productiva y distributiva, de manera tal que las demandas sociales básicas y la equidad en su prestación sean lo prioritario y el mercado un instrumento, subordinado a aquellas metas.

c) Quienes creen que no hay escenarios con justicia social generalizada que sean compatibles con la institucionalidad que ha generado el capitalismo y por lo tanto la discusión de fondo – la única válida – es cómo cambiar de raíz el sistema de producción y distribución de bienes y servicios.

Admitiendo la vigencia de un sistema de elecciones como el que rige en todas las democracias formales, es en definitiva la suma de subjetividades de los ciudadanos la que decide cual de las tres lógicas conduce.
Cada una de ellas tiene problemas para convocar mayorías.
Los que sostienen la primera tienen necesidad de mentir una buena parte del tiempo. Solo con sofismas o fantasías o dibujos publicitarios se puede conseguir la adhesión a una idea matriz de que el capitalista exitoso es quien debe decidir la vida de él y la de todos nosotros. Vale aquello de: “Si digo lo que haré no me van a votar”.
Tienen a su favor que es muy baja la proporción de personas que se interesa activamente por la política, salvo en situaciones muy traumáticas y además que cuentan con el respaldo económico e institucional de los sectores más poderosos. El interés de éstos por mantener el statu quo, lleva a que la imaginación para crear supuestos escenarios de cambio, que no existirán, no tiene límites.
Los que quieren que la segunda lógica gane las elecciones deben encontrar la manera que sean muchos quienes se entusiasmen con una sociedad más justa. El miedo al cambio pesa sobre quienes deben adherir a una vocación transformadora. Ese miedo es tanto mayor cuanto más se ha conseguido estabilizar un patrimonio familiar o una situación laboral que parezca serena.
Ese miedo normalmente se supera con mayor facilidad cuando el país se encuentra en situación de crisis, normalmente causada por gobiernos que adhieren a la primera lógica. Sin embargo, como la historia no es una fotografía, es habitual que haya etapas en los gobiernos que quieran conducir al mercado. Rebotar en el fondo, mejorando la vida de todos, aún de los más pobres, exige confrontaciones. Pero el nivel de las confrontaciones necesarias se va haciendo más agudo a medida que el país retoma una senda de desarrollo. Aparecen los oportunistas, que se disfrazan de transformadores, con lo cual la acción se enrarece y se bastardea. Mas grave que eso, aparece la pregunta sobre la posibilidad de dejar de confrontar y aceptar que se ha alcanzado una situación tal vez no óptima pero la posible. Hay mil maneras de perder aire y algunas hasta de pasar a defraudar.
La última lógica, a la que no quiero dejar de mencionar, genera por supuesto muchos más miedos en mucha más gente y es de casi nula probabilidad ganadora en una compulsa electoral democrática. Es de desear, sin embargo, que la fracción de la sociedad que elige ese rumbo para expresarse tenga la posibilidad de sumarse a los espacios institucionales que pueda, que discuta, que proponga, que debata. Las voces que reclaman justicia deben ser escuchadas y atendidas en cualquier contexto.

Desde 1983 hasta aquí, nuestra ciudadanía ha optado por variantes del primer camino – el del mercado como ordenador – en la mayoría de los casos. Los gobiernos de Raúl Alfonsín, Carlos Menem o Fernando de La Rúa constituyen formas con muy distinta sensibilidad social o sumisión concreta a los intereses de las grandes corporaciones, pero que en ningún caso intentaron encuadrar a los más grandes intereses en esquemas donde el Estado fuera hegemónico.
El gobierno iniciado en 2003, el que hoy está en cuestionamiento, intentó ubicarse en la segunda lógica, de la cual el único antecedente con tiempo de ejecución prolongado había sido el gobierno de 1946 a 1955.
El gobierno kirchnerista fue coherente en su vocación de gobernar al mercado, en el contexto histórico que le tocó y con los matices que cada uno pueda considerar y con esa coherencia llegó exitosamente a 2010/2011.
Allí comienza un período que a mi juicio debería identificarse como el segundo ciclo: la dinámica del capitalismo concentrado requiere que un gobierno transformador deba plantear una nueva batería de controversias, si es que quiere mantener su meta inicial o de lo contrario, tendrá que cambiarla o creer que la mantiene cuando no es así.
En esa situación estamos.
En el oficialismo hay quienes niegan que el problema exista.
Otros tenemos una adhesión plena a las metas pero creemos que hay una mezcla de errores y de claudicaciones que ponen en riesgo mantener la dinámica. Hace un par de años esta mirada se calificaba de traición o de resentimiento o algún otro atributo. Hoy todavía queda una fracción que sigue pensando así, pero muchos han comprendido que el pensamiento crítico es la vacuna de supervivencia de todo proyecto que intente la titánica tarea de construir una economía y una sociedad donde el mercado funcione pero todo ciudadano tenga la posibilidad de una vida digna.
La restricción cambiaria debió haber sido aplicada ya en 2003. La aplicación tardía y con una administración con groseros errores la convierte en un baldón que exige cambios importantes en su operación.
La política de administración de comercio exterior, especialmente de importaciones, no pasaría el menor examen de eficiencia cuando se controla del mismo modo al décimo importador que al número 25.000. Además, tampoco tiene explicación alguna que no se defina una estrategia de limitación legal al giro de utilidades al exterior, confiando en una administración por llamados telefónicos y pedidos de favores al respecto.
Los acuerdos de precios con hipermercados son de extrema pobreza y no acercan al objetivo de evitar el abuso por posición dominante.
La política industrial no promueve nuevos actores nacionales y mantiene como bandera exitosa la instalación de cualquier ensambladora.
Esos errores y varios más del mismo tenor han sido implementados por funcionarios que además los defienden como éxitos con una arrogancia penosa.
Las razones de esos errores han sido en parte la delegación de responsabilidades en personas a la vez incompetentes y con poca claridad de ideas políticas y en parte fruto de una reducción de la vocación por la necesaria confrontación con los hipermercados extranjeros, con los grandes exportadores de granos y de materias primas industriales, con las terminales automotrices o con las grandes empresas mineras.
Hay que corregir ese estado de cosas y solo de ese modo se podrá mejorar de manera estable la condición de los sectores medios y los más humildes de la sociedad. Esto es necesario, incluso superando el estilo presidencial de muy bajo diálogo con el conjunto de su base social y profesional, partiendo de suponer que su vocación – la cual una y otra vez se pone en evidencia ante cada situación de conflicto – es suficiente para llegar al puerto.

Ahora bien. En esta instancia electoral, mero prolegómeno de la disputa por el recambio de gobierno nacional en 2015, ninguna de las cosas mencionadas recién como errores de nuestro gobierno ha sido mencionada por quienes aparecen con mayores posibilidades de instalarse como alternativa en el imaginario colectivo.
El discurso social de Sergio Massa no existió en este tiempo. En todo caso, ha sido protagonista de las facetas consideradas universalmente como exitosas por la ciudadanía, ya que fue responsable de buena parte de la organización de la ANSES, en la primera etapa del gobierno de Néstor Kirchner. No expresó diferencias en un terreno que es el más sólido del gobierno.
En términos económicos destacó dos hechos: La posibilidad de tomar deuda externa y la administración bancaria de parte de los fondos jubilatorios. Ambas cosas son el límite que el marketing admite en una campaña política, pero son suficientes para mostrar su subordinación a las ideas del sistema financiero más concentrado, que quisiera recuperar ese fuerte filón de negocios.
El resto hay que inferirlo de la composición de su equipo económico. Es claramente el más fuerte que ha podido formar un intento opositor desde 2003. Justamente por eso es la evidencia más clara de la inserción plena en la que hemos llamado “lógica donde el mercado ordena”. Todos los miembros del equipo son o han sido en el pasado reciente funcionarios o consultores de grandes corporaciones, grandes bancos o de la Unión Industrial Argentina. Se trata de ámbitos que hace décadas sostienen que el futuro argentino depende estrictamente de la macroeconomía, esto es: de la paridad cambiaria, de las tasas de interés, del manejo de la deuda externa. Todo lo demás, según esa propuesta, funciona en automático, lo cual quiere decir con los mismos dueños y los mismos ganadores de siempre. Y por ende, con perdedores permanentes.

No quiero ser reiterativo.
Si Sergio Massa y quienes lo acompañan discutieran en serio desde dentro del proyecto, aunque hubieran elegido una alternativa de competencia electoral legítima, por las razones personales que fueran, deberían identificar los problemas actuales como un paquete muy parecido a lo que arriba se destaca.
Si por el contrario, apenas señalan un puñado de iniciativas y ellas apuntan a revertir algunos de los logros claros a favor de los sectores populares, es que no solo hay gato encerrado, sino que hay peligro para los bolsillos y la calidad de vida de la mayoría de la población argentina.
El camino más sensato es discutir en todo nivel que sea los errores que cometió el gobierno y buscar corregirlos. Pero no es Massita quién lo hará.

Emm/14.8.13

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