LOS POBRES QUE TRABAJAN (segunda nota sobre la economía popular)

En la política argentina y por extensión entre la gran mayoría de los ciudadanos preocupados por la vida comunitaria tiene vigencia la asociación entre desempleo y pobreza.
Nuestra opinión pública, junto por supuesto con los medios de comunicación, tiende a creer que tener un empleo o un trabajo implica automáticamente salir de la pobreza y viceversa.
Eso no es cierto. En el mejor de los casos, puede asignarse esa confusión a la inercia cultural desde la sociedad con alta movilidad que tenía vigencia en el país hasta hace 40 años. En aquel momento, el desempleo era casi inexistente y tener un trabajo, aún en los casos de menor calificación laboral, permitía aspirar a transitar por una escala de mejora de calidad y de remuneración, solo condicionada por nuestro esfuerzo y capacidad. Además, el grado de hegemonía de las filiales de multinacionales en el sistema productivo era mucho menor que el actual, por lo que en una misma cadena de valor y en una misma empresa, que estaban mucho más integradas verticalmente en el país, era posible pasar progresivamente de tareas muy humildes a tareas más complejas y mejor remuneradas.
Cuarenta años después, la globalización ha definido que la movilidad social – orgullo absoluto de nuestra sociedad de medio siglo atrás – solo está al alcance de una muy pequeña fracción y eso si está dispuesta a pensar en un mundo sin fronteras. Los técnicos calificados, los profesionales y asesores de gerencia, si se ponen la mochila al hombro, pueden recorrer escaleras corporativas ascendentes, que ya poco y nada tienen en común con aquella mejora social que se concretaba al interior de la propia comunidad.
Como contracara, los trabajos menos calificados de cada cadena de valor existen en un país porque la multinacional hegemónica ha hecho sus cuentas y el costo salarial le conviene. O sea: existen – es lo bueno – pero su costo no puede superar cierto nivel, porque de lo contrario podrán dejar de existir – es lo malo. Son conocidas las historias de las industrias líderes de la indumentaria o del calzado, que han ido cambiando de país y de continente en función de mantener o reducir los bajos costos del trabajo, condicionando de este modo a todas las industrias domésticas del mundo, en los mismos rubros.
Este congelamiento de la movilidad ascendente en la escala inferior del trabajo industrial tiene una consecuencia que no figura en las estadísticas y que casi no está estudiada, pero que es muy grave: congela a su vez la movilidad en todos los otros trabajos que podríamos calificar de preindustriales. Siempre hubo quienes recuperaron materiales de la basura; o quienes hicieron trabajo de costura a destajo mal pago o similares. Sin embargo, de un modo u otro sabían que algún día podrían acceder a un trabajo formal en esa cadena de valor en cualquier otra, que implicaba mejora en su salario y en su contención social. Hoy, sin embargo, las diferencias salariales entre los niveles formales inferiores y los que dependen de su propio esfuerzo en tareas como las anotadas es muy poco convocante. Si a eso agregamos que el 35% de la actividad en relación de dependencia se hace en negro, ni siquiera la seducción de la obra social justifica recorrer el sendero.
Se puede estimar en alrededor de 1 Millón los trabajadores de la que hemos llamado economía popular, donde quienes trabajan no son empleados de una sociedad formal, pero se vinculan como proveedores de esa economía o de planes de infraestructura pública. Ellos son tan pobres – o más – que los últimos niveles de la economía formal y deberemos acostumbrarnos a entender que no será fácil – tal vez no será posible – que ésta los traccione hacia trabajos de mejor calidad.
Es necesario entender cada día un poco más como funciona este sector realmente oculto – podríamos decir invisible – de la economía, para poder marcar los caminos que – como ya hemos señalado – primero fortalezcan su posición al interior de las cadenas de valor y sin solución de continuidad, luego construyan escenarios con mayor independencia respecto de quienes hoy los inmovilizan en un horizonte no deseable en absoluto.
Cumplir con esta meta para estos compatriotas que trabajan pero son pobres tendrá un efecto directo y obvio sobre sus vidas. Pero además, por una lógica de vasos comunicantes, podrá tener influencia sobre la otra fracción de pobres que trabajan: aquellos que están en la economía formal o en la economía informal solo por afán de maximizar el lucro por parte de los empresarios. Efectivamente, si los que hoy están fuera del sistema pueden construir escenarios de mayor independencia y calidad de vida, empujarán en un sentido de mejora popular a los que hoy deciden que compatriotas trabajen 40 horas por semana o más, con recibo formal, pero aún así tengan carencias.
Los pobres que trabajan. Los trabajadores que son pobres. Un mundo desconocido para nuestros medios de comunicación, para la clase media, para buena parte de la dirigencia política.
Se necesitará el esfuerzo de muchos para descorrer el velo.
20.2.12

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