LAS PASO Y LAMPEDUSA

LAS PASO Y LAMPEDUSA
Hace dos siglos cada comunidad vivía en un aislamiento relativo importante y las noticias fluían con la lentitud de los veleros o las carretas. El mundo actual, con su sistema de comunicaciones instantáneas que cruza el globo de punta a punta, nos sumerge en cambio en un vértigo de a ratos insoportable. Nuestra reacción elemental pasa, paradojalmente, por ignorar buena parte de ese mar de cosas, tomar detalles que deben ser cada vez más curiosos para merecer nuestra atención, mientras volvemos al origen: ocuparnos de nuestra realidad más cercana, del trabajo diario, de la familia, de unos pocos amigos.

Hay una diferencia sustancial con aquel tiempo sin retorno. Cada persona tenía una noción bastante precisa sobre las relaciones de poder en su entorno, que además eran las causas centrales que determinaban su vida. Los dueños de la tierra, los patrones, los empleados, los peones, eran categorías definidas. Hoy las secuencias de dependencia – lo que llamamos las cadenas de valor – en cualquier actividad se prolongan hacia otros continentes con toda rapidez, haciéndose invisibles, ignoradas y por ello subvaloradas. Un empleado de una tienda de ramos generales sabía quién causaba sus males o administraba sus alegrías. Un empleado de MacDonald´s de hoy no sabe quién decide sobre su condición laboral y cuando trata de averiguarlo es probable que llegue a descubrir que se trata de alguien a miles de kilómetros, a quien nunca conocerá personalmente. En realidad, seguramente ese joven se limita a reclamar ante su superior circunstancial, vinculando los resultados de ese pedido con la personalidad del interlocutor, ya que para él todo el resto del sistema son datos inmodificables.
Así funciona el mundo actual. Buena parte de lo que condiciona nuestras vidas se define en lugares ignotos, desde donde sus efectos bajan en múltiples cascadas universales, hasta llegar a nuestra casa. Eso no es bueno. En realidad es terrible. Nada positivo puede esperarse de tanta concentración de poder, que no se puede revertir mágicamente, pero que es necesario tengamos presente a cada instante, porque esa lucidez es nuestro puente – frágil pero imprescindible puente – hacia la posibilidad de ir construyendo ámbitos con mayor independencia personal y colectiva.
En tal escenario resulta conveniente buscar los vínculos entre las cosas más destacadas, las que sobrenadan del inmenso flujo de información. En Argentina estamos embarcados en un año electoral, donde de acá a octubre, decidiremos el primer cambio presidencial sin crisis económica presente o anunciada desde 1983. La elección de Fernando de La Rua se hizo bailando encima de la bomba de tiempo de la convertibilidad. Ni qué decir de la elección de 2003, luego de una macro devaluación que había sumergido los salarios reales, o mucho antes, la hiperinflación que devolvió a Raúl Alfonsín a su casa meses antes del período establecido. En 2015 la situación es bien distinta, cualquiera sean los análisis que se hagan sobre las variables macroeconómicas.
Justamente por esa calma relativa, todos – quienes buscan continuar el proyecto y quienes se oponen a él – ponen el énfasis en la gestión. Casi nadie señala la hegemonía multinacional como un factor que condicione nuestras vidas. Solo Jorge Taiana entre los precandidatos del FpV y con otra visión algunos candidatos de izquierda, que buscan acumular preferencias señalando supuestas complicidades entre los demás y las corporaciones extranjeras, con lo cual se alejan del foco de la cuestión. Parece por ahora insuficiente para generar el debido debate en el seno de la sociedad, que al menos se agregue a la discusión de cantidad de patrulleros o cámaras de seguridad; de alícuotas de impuesto a los ingresos; de agregado de nuevos subsidios o quita de los vigentes.
Sin embargo, algunos sucesos estremecedores deberán ser tenidos en cuenta. Los miles de pobres de toda pobreza ahogados en el Mediterráneo, que según Bank Ki-Moon solo este año duplican a los muertos en el hundimiento del Titanic, es probable que nunca sean recordados envueltos en historias de amor alguna. Frente a ellos Europa toda reorganiza sus controles y toma tibias medidas de ayuda que – otra vez – no consideran la causa última del problema: la destrucción de las economías domésticas de subsistencia y la inserción en una globalización que incluye solo a una fracción de cada país. África nunca le importó al mundo rico. Hasta los programas de Clinton, continuados por filántropos poderosos como Bill Gates, buscan eliminar enfermedades solo para contar con trabajadores baratos que eventualmente reemplacen a los emergentes chinos. Allí están los resultados.
Argentina cuenta con recursos naturales de excepción, que permitieron construir el país actual, fruto del interés imperial por esos recursos y de un fenómeno político todavía no muy entendido, como el peronismo, al cual las clases medias y populares le deben buena parte de su posibilidad de pelear por el reparto de los frutos. Pero eso no nos libera del mundo. Nos incluye en él con lazos más complejos que cualquier país africano, que por un lado nos dan y por otro nos quitan. Los debates políticos deben poner énfasis en el modo que la hegemonía multinacional pone límites a nuestro desarrollo y cómo debemos y podemos actuar. De lo contrario, nunca tendremos balseros, pero seguiremos discutiendo el crecimiento y la distribución como parámetros sobre los que tenemos potestad, cuando en realidad como Nación terminamos igual que el empleado de MacDonald´s: sin saber quien decide.
Emm/21.4.15

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