LAS ENFERMEDADES SOCIALES

LAS ENFERMEDADES SOCIALES
El miedo, la ansiedad, la angustia, pero sobre todo el temor al futuro incierto, adquieren distintas dimensiones si se viven individualmente o si se convierten en fenómenos de masas, compartidos por miles y miles. En el primer caso son patologías estudiadas por diversas ramas de la medicina y la psicología. En el segundo caso, se trata de cuestiones de mucho más complejo análisis, que incluso cuando se llegan a diagnosticar con cierta precisión, suelen no tener soluciones al alcance de quienes las evalúan, porque la causa iniciadora está fuera del control inmediato.

La evolución del capitalismo a lo largo de más de dos siglos ha instalado con mucha fuerza la convicción que no habrá una vida próspera y serena para todos. Esa convicción tiene un origen central, pero se la disfraza en la conciencia.
En efecto: En esencia la mayoría de los ciudadanos se convence – y convence a sus descendientes – que hay ganadores y perdedores permanentes y que es condición necesaria para la supervivencia ubicarse entre los ganadores. O colgarse de ellos, para no ser perdedores. Esa idea de que no hay lugar para todos, se viste luego con variantes del “sueño americano”, o sea que el éxito es la retribución del esfuerzo y que quien llega – o al menos se sostiene – lo consigue por su tesón.
¿Cómo no vivir con miedos en una sociedad donde esos son los valores dominantes? El temor a perder lo que se tiene supera o posterga a posibles conductas de cooperación, del goce de estar vivo y en contacto con otros seres humanos y con la naturaleza.
Ese flanco débil de toda comunidad moderna es conocido desde siempre y manipulado también desde siempre por quienes son ganadores estables del sistema económico y disponen de instrumentos para acrecentar ese poder de modo permanente. Agitar la inseguridad en el sentido amplio del término, es una condición que inmoviliza, que impide siquiera pensar que puede haber otros escenarios más vivibles. Por eso, está presente cada segundo la exaltación de la inseguridad física, la faceta más primaria de la cuestión. Te pueden robar, matar, violar y a “muchos” le sucede. ¿Quiénes son? Los otros, los delincuentes, los que pueden sacarnos lo que tenemos.
¿Quién tiene la culpa? Los que deberían cuidarnos, y como no lo hacen, nos aislamos cada vez más, detrás de rejas, cámaras y alarmas; primero en casa, luego en el barrio, finalmente por las calles.
Nunca se afloja en ese plano, porque es el que garantiza que los ciudadanos están sensibilizados frente a cualquier señal de inseguridad en otro flanco, el económico, que es en definitiva el que interesa. Lo que hoy le sucede al gobierno de Cristina Kirchner en materia económica puede ser utilizado como gigantesca enseñanza del funcionamiento de esta lógica de manipulación por el temor. Es muy importante entenderlo, porque si lo hacemos podremos advertir cuál debe ser el camino de solución, que en algunos casos difiere mucho de lo que estamos haciendo.
En 2003 se instaló el primer gobierno de la posguerra en Argentina que habló de justicia social pero la encuadró en un contorno económico nuevo: mantener superávit presupuestario y superávit de balanza de pagos externos. La intención de hacer los deberes formales establecidos para un gobierno capitalista, mientras se avanzaba en mejorar la equidad en la comunidad, surgió de limitaciones objetivas – el país estaba en default – y de la claridad política de que se estaba jugando en la cancha ideológica del adversario y por lo tanto había que respetar sus reglas formales.
Hasta 2007 la idea funcionó. Comenzó la recuperación de los más postergados y se evitó el acoso de los críticos de manual.
Desde entonces, con velocidad variable, comenzaron a funcionar las limitaciones estructurales que tienen vigencia en un país periférico, con su industria, sus finanzas y su comercio exterior e interior con presencia importante – en muchos casos dominante – de corporaciones multinacionales.
Esta estructura, para que se entienda lo más claro posible, afecta las dos restricciones económicas que se planteó Néstor Kirchner.
a) En términos de largo plazo, los ingresos fiscales aumentan de manera proporcional a la productividad y a la ocupación. Cuando las multinacionales controlan ramas claves, sus filiales desarrollan aquí actividades incompletas, donde su rentabilidad se basa en mano de obra comparativamente barata, dejando los segmentos de mayor tecnología en su casa matriz u otros países centrales. Eso pone un techo a la productividad global, a los salarios reales y por ende a la recaudación impositiva. Con esa recaudación se debe atender los salarios y la inversión pública y además se debe subsidiar a los sectores de la población – y de la producción – que el mercado posterga o excluye, como transición hacia escenarios de inclusión. Esos subsidios pasaron del 3% del Producto Bruto antes de 2003 al 10% del Producto Bruto en estos años. Si los ingresos se achatan, los subsidios se achatan y la equidad se resiente. Si se opta por mantener la búsqueda de la equidad, se pasa a tener déficit fiscal en lugar de superávit.
b) En cuanto a la balanza de pagos, la situación de default de 2003 y la importante recesión provocada por la mega devaluación de 2002, aseguraron que la amplia diferencia positiva entre exportaciones e importaciones fuera suficiente para atender el resto de las obligaciones y reforzar las reservas internacionales. A medida que el país se recuperó crecieron con fuerza los giros de utilidades de las corporaciones, los gastos de turismo en el exterior y más tarde aparecieron los pagos por la deuda reestructurada. Los saldos positivos fueron progresivamente más pequeños y cuando se agregaron las importaciones de combustibles, por maduración de los pozos existentes y por falta de inversión de las concesionarias, también llegó la necesidad de atender obligaciones externas con las reservas acumuladas previamente.
Ambos planos requieren reformas estructurales que limiten la importancia de las grandes corporaciones, si es que si quiere profundizar la justicia social y paradójicamente, si se quiere recuperar los índices de desempeño económico que la ortodoxia aplaude.
Es en este escenario que hay que moverse y eso nos lleva al principio de este documento. Si hay que cambiar estructuras en una sociedad – como buena parte del mundo – manipulada sobre sus miedos, hay que tener esto en cuenta y diseñar ámbitos donde los ciudadanos entiendan los pasos a dar, su necesidad y su fortaleza.
Los déficits actuales, tanto el fiscal como el de pagos externos, no son de ninguna manera críticos ni nos colocarían mal en un ranking donde nos comparemos con los países centrales o con los llamados emergentes. Sin embargo, menearlos en relación con los logros de años anteriores del propio gobierno en ese plano, es suficiente para recuperar los miedos históricos y correr al dólar por un lado o remarcar a lo bestia por el otro, los que pueden. Es aquí donde el gobierno tiene la responsabilidad política de diferenciar conductas, entre quien se mueve por el temor y quien lo hace fortaleciendo su poder económico, al punto tal que le conviene diseminar esos temores.
Los últimos deben ser acotados, regulados y en términos de largo plazo reemplazados en la estructura económica por actores de otra responsabilidad social.
Los primeros – los que corren al dólar o el peluquero que te aumenta en cada corte – forman parte de un colectivo al que hay que crearle condiciones de salud comunitaria que le permitan liberarse de tan pesada dependencia moral.
Para el peluquero y similares, habrá que esperar que la regulación de los formadores de precio baje objetivamente la inflación. Sincerar los números, entender y explicar con un solo y simple lenguaje las causas de la inflación y caminos de salida, es el aporte obligatorio de un gobierno.
El dólar “refugio”, por su parte, puede ser considerado un delito y asociado a él un negocio a eliminar, para quienes promueven ese mercado. Pero no debiera ser considerado de la misma forma para quienes apelan a esa vía como forma imaginada única de preservar el valor de sus ahorros. La experiencia de casi medio siglo de avances y retrocesos; de predominio de la especulación y la ganancia fácil sobre el trabajo; de irresponsable manejo de los espacios de interés público; han legitimado el refugio. No puede considerarse delictiva la actitud de centenares de miles de compatriotas. En todo caso es defensiva. En el peor de los casos, es una patología social. Pero no para castigar, sino para curar, que es corregir.
La forma de curar y corregir es diseñar e implementar ámbitos en los que el ciudadano medio pueda canalizar sus ahorros con la CERTEZA que estarán mejor protegidos y regados que poniéndolos en el colchón o en bonos del Tesoro norteamericano al 1% anual de interés. Para avanzar gradualmente y sin riesgos de retrocesos, puede elegirse el sector de la energía, que todo analista económico mundial – sin excepción – admite como crítico para el futuro de la humanidad. Crear instrumentos para que los ciudadanos argentinos saquen los dólares refugio y se conviertan en propietarios de acciones de la ampliación de capital de YPF o de una mega corporación nacional para producir energía de origen eólico, permiten avizorar rentas del 10% anual en dólares y superiores. No existe razón política ni económica para que otorguemos a inversores extranjeros la parte del león de esas actividades, sin darle previamente a los compatriotas la posibilidad de ser los dueños.
Una medida como ésta – ya lo señalé en un documento anterior, pero es fundamental reiterarlo hasta el cansancio – consigue simultáneamente:
a) Eliminar la restricción externa y por lo tanto descomprimir la angustia ciudadana.
b) Transformar una patología social en una virtuosa asociación entre el destino personal y el destino nacional.
No hay nada, pero nada que se le pueda oponer. Si lo hubiera, que alguien lo señale, para entender como corregirlo. Vamos, que se puede.
Enrique M. Martínez
7.10.2014

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