LAS BATALLAS CULTURALES – Nota para Miradas al Sur

LAS BATALLAS CULTURALES

Como todo país con historias de injusticia e inestabilidad, que busca su camino hacia una sociedad más equitativa y estable, el tema cultural ocupa un lugar destacado en los debates y propuestas políticas.
La cultura de una comunidad no es otra cosa que el conjunto de comportamientos que le permiten adaptarse al entorno y con ellos encontrar una manera de sobrevivir y, en ocasiones, de ser exitosos, de aspirar de manera autónoma a una vida mejor. Es decir: la naturaleza, la relación con otros pueblos, la división de trabajo y capacidad económica al interior de la sociedad, determinan escenarios en que se instalan las conductas con que cada ciudadano se adapta o en el mejor de los casos, cree que la pelea.

Los procesos sociales son sumamente complejos y por lo tanto, nada es lineal. Justamente lo esperable es que cuando los escenarios tengan cambios estructurales fuertes, buena parte de los miembros de la comunidad, sigan inercialmente sus conductas anteriores, quedando en contradicción con la nueva situación. O que en un sector de la sociedad se produzcan cambios a los cuales sus miembros se adapten rápidamente, pero eso plantee conflictos con el resto de la comunidad.
Este último es justamente el caso de la sojización de la pampa argentina. Un paquete tecnológico que permitió y permite sembrar grandes extensiones en poco tiempo y con pocas personas, combinado con la disponibilidad de grandes capitales financieros dispuestos a aprovechar ese cambio, significó un cambio sustancial en la cultura productiva. Antes, el chacarero pequeño buscaba arrendar fracciones al grande para mejorar su unidad económica, aunque tuviera que pasar más días arriba del tractor. Luego, los grandes propietarios, con apoyo de financistas, arrendaron todo lo disponible, contrataron grandes empresas de labranza y cosecha y convirtieron al antiguo pequeño chacarero en rentista que pasa sus horas ocioso en su pueblo. Este es un brutal cambio cultural en relación al trabajo rural.
Antes, el eje era el esfuerzo de los locales pequeños y medianos. Ahora, el eje es la fortaleza financiera y quienes trabajan son grandes grupos migrantes.
El tiempo ya está demostrando los subproductos sociales negativos del nuevo escenario, con comerciantes locales convertidos en simples dependientes de grandes compañías; con reinversión de las ganancias puesta cerca de la sede del financista y del gran propietario, fuera del pueblo chico; con maltrato de la tierra, ya que es ajena. Ni qué decir de los jóvenes que tienen como modelo a sus padres jugando al chinchón en el pueblo, en lugar de trajinar por el campo o el tambo.
Se habla de la necesidad de una batalla cultural para contrarrestar estos perjuicios. El punto es que a pesar de existir una interacción dinámica, la estructura determina la cultura y no a la inversa. Es decir: no hay forma de corregir el estado de cosas a puro discurso. Solo se puede aspirar al éxito si se construyen nuevos espacios de referencia, hacia los cuales migren las conductas. Por eso se viene reclamando sin suerte una ley de uso del suelo mucho más estricta, o modificar la ley de arrendamientos para inducir los contratos con residentes cercanos al predio alquilado. Por eso se requiere estudiar a fondo como construir tejido económico local, que agrupe a cada comunidad para darle valor allí a la producción primaria. Estos son los cambios – solo este tipo de cosas – que pueden habilitar a pensar en librar una batalla cultural con perspectiva de victoria, en el tema de la sojización y la diseminación de los pooles de siembra.
Lo mismo pasa con otras “batallas”. La recuperación del trabajo para quienes están comprendidos en los beneficios del Estado de bienestar; la reducción, hasta la eliminación, de la tendencia a usar el dólar como refugio de valor; son metas que se podrán alcanzar solo si se definen nuevas situaciones estructurales donde tanto el beneficiario de una ayuda social, como el ahorrista, en su caso, perciban que su situación y la de su entorno familiar serán mejores a futuro. Allí operará el cambio cultural.
En todos los casos, sin que esto signifique una afirmación dogmática, la tecnología tendrá algo importante que ver con los cambios.
Al gran paquete de siembra y cosecha con poco trabajo y mucha maquinaria, hay que confrontarlo con técnicas eficientes de labranza y cosecha en escalas más pequeñas, con el agregado de buenos diseños para industrializar a escala local, fugando del gigantismo.
La recuperación del trabajo en la base social asistida depende en parte de dejar de pensar en un futuro solo asalariado. La promoción de emprendimientos familiares, bien pensados, operando en red, con asistencia pública para la logística y la comercialización, ya se han intentado. Su fracaso en cierta proporción se debe más a falencias del Estado que de los protagonistas.
Hasta la pesificación de la economía tiene que ver con la tecnología. Tanto productiva como social. Depende, en buena medida, de la capacidad de construir opciones productivas a las que pueda sumarse un ciudadano común como inversor, desde inversiones en YPF, hasta instalar y operar una red de industria lechera local en todo el Norte Argentino.
La estructura primero. El cambio cultural, en seguida después.
Emm/ 8.6.12

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