LA UNIVERSIDAD, ¿DONDE SE PONE?

LA UNIVERSIDAD, ¿DÓNDE SE PONE?

La Universidad ya ha dejado atrás hace tiempo su papel de refuerzo intelectual para los hijos de los sectores dominantes. Desde hace casi un siglo se ha ido produciendo una metamorfosis, que no es ni lineal ni rápida, que como primera causa tiene el acceso a las aulas de los sectores medios de la sociedad y de una muy pequeña proporción de los sectores más humildes.
Esa masificación planteó y plantea una tensión entre la ideología elitista de los sectores dominantes, que impregna la historia de la Universidad argentina, y las vivencias que los jóvenes traen de sus barrios y sus hogares. A lo largo de los años, a partir de ello, se ha generado el escenario de la Universidad profesionalista, esto es: un instrumento institucional que transmite conocimientos con el objeto de facilitar la movilidad social ascendente, a través de la inserción de los egresados en el mercado de trabajo del capitalismo.

Los elementos ideológicos han ido siendo cada vez menos explícitos. El objetivo ya no es fortalecer a los líderes conservadores. En cambio, egresan graduados que saben que deben buscar confrontar su calificada oferta con la demanda del mercado; que no hay lugar para todos, por lo que la competencia es un atributo natural; que los ganadores tendrán un privilegio relativo, al cual deben justificar con su condición superior para el trabajo, sea ésta objetiva o no.
En tal contexto la Universidad ya no es una institución ni conservadora ni transformadora. Es una proveedora de saberes a un sistema económico y social que tiene su propia dinámica y moldea esos saberes, tanto a través de demandas concretas, como mediante las funciones específicas que le asigna a los egresados. Para dar un ejemplo de esto: Nuestra Universidad produce egresados en física y matemáticas de alta calificación, una fracción de los cuales es demandada por el sistema financiero más concentrado, por su alta capacidad de construcción y operación de modelos matemáticos. Pavada de moldeado.
La evolución tiene muchas más facetas que la de la Universidad colonial o patricia, ya que se trata de un fenómeno mucho más complejo.
Se ha planteado desde hace mucho tiempo la vocación de alinear la Universidad con los intentos políticos de construir una sociedad más justa.
Uno de los componentes del discurso – muy actual – es ampliar el espectro social de ingreso. Esto es contradictorio. Por un lado, es evidente que facilitar el ingreso de capas más humildes aumenta las oportunidades de enriquecer la formación técnica o humanística de miles de jóvenes. Pero por el otro, si se ratifica la mirada profesionalista, si se trata de buscar un “ascenso social”, se corre el serio riesgo de esterilizar la vocación transformadora en aquellos que pasen por la Institución.
Otro de los componentes es el estímulo a la creación de oficinas o centros de extensión, que intentan poner a disposición del conjunto de la sociedad los saberes disponibles. Es un sesgo valioso y algunos resultados de alto valor se han conseguido ya desde hace 50 años. Sin embargo, se trata de una decisión claramente a contramano de la lógica profesionalista y competitiva, con lo cual es casi un hecho inexorable que esas oficinas queden arrinconadas contra la falta de recursos y el bajo interés de la mayoría de los especialistas o aún de su dificultad para establecer móviles prácticos.

El desafío último es convertir a la Universidad en una institución que sea considerada como herramienta para la construcción de una sociedad mejor y se desempeñe como tal, de modo independiente de la forma en que sus egresados planteen sus propias vidas después de recibirse.
Un egresado debería poder pensar y actuar como cualquier profesional de clase media; esto es: construir una familia, ocuparse de tener su casa y criar sus hijos, adaptarse a su jefe y entender como conducir a sus subordinados. Pero a la vez, debería aumentar progresivamente la probabilidad de que su saber sea aplicado en una dirección que supere la limitada visión del fin de lucro empresario.
No se trata de ideologizar los egresados y plantear que ese es el modelo de cambio. Será casi inexorable que la Universidad forme profesionales que tengan algún sentido de pertenecer a un círculo con cierto derecho a privilegios, que se consiguen o se reclaman.
Se trata, en cambio, de contar con suficientes líneas estratégicas de trabajo, tanto en el ámbito público, como inducidas al ámbito privado, para que la demanda laboral sea que la sufra una mutación respecto de la situación actual. En tal caso, se podrá iniciar una espiral virtuosa, en que se asocie la utilidad de los saberes aplicados a la Institución y esto incentive a su vez a que se trate de aumentar el vínculo entre el camino nacional de largo plazo y la formación brindada en las aulas.

Volviendo a los físico matemáticos que se transmutan en analistas financieros. Seguramente ese cambio – que es en esencia una pérdida de esfuerzos y de recursos para el país – se reduciría a su mínima expresión si el país tuviera programas importantes para tener autonomía en la generación de energía fotovoltaica; para diseño de materiales de construcción con capacidad de aislación; para contar con baterías de alta eficiencia de última tecnología, o en su faceta matemática, para contar con modelos que describan el comportamiento de los suelos de la Pampa Húmeda con o sin laboreo; modelos hidrológicos de todas las cuencas importantes; evaluaciones de nuestra matriz energética, con las numerosas variables que se deben consideran en los tiempos actuales y así siguiendo. Se trata de algunos pocos ejemplos que indican posibilidades muy directas de utilización de saberes en ciencias básicas, seguramente integrados a equipos con tecnólogos y cientistas sociales en la gran mayoría de los casos, que no requieren ninguna actitud especial de los profesionales, sino esencialmente un marco conceptual que los contenga.

En definitiva, conseguir una Universidad nacional y popular no quiere decir solo y simplemente construir un ámbito del que egresen más hijos de obreros que nunca fueron siquiera al secundario. Ese rasgo será valioso socialmente y como una señal política imprescindible para romper con bloqueos elitistas. Sin embargo, tendremos una Universidad nacional y popular recién cuando además de lo señalado, se produzcan profesionales en cantidad y calidad que trabajen para un país distinto, o que quiere ser distinto, integrados a programas productivos y sociales pertinentes. O sea: la Universidad no es ni será en sí misma una herramienta de transformación. Será un instrumento necesario para que la transformación, definida y planificada en el plano político, se concrete.

Fatal error: Call to undefined method WP_Meta_Query::get_clauses() in \\HMFSW\WEB\DTCWIN071\propuestasviables.com.ar\public_html\wp-includes\comment.php on line 962