LA TECNOLOGÍA NO ELIMINA TRABAJO. ES LA DEPENDENCIA

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LA TECNOLOGÍA NO ELIMINA TRABAJO. ES LA DEPENDENCIA
En una nota anterior en este diario (Producir y distribuir – T.A. 13/11/14) se sostuvo que la productividad media es en buena medida la que determina el nivel máximo de salario real posible en una economía. Se dijo además que en Argentina esa productividad no supera el 30% de la de países como Estados Unidos, Francia o Australia y que un factor clave para esa diferencia es la hegemonía multinacional en la industria, que deja fuera toda la investigación y desarrollo, así como las tareas mejor remuneradas. Los salarios reales bajos son una condición necesaria para la continuidad y la expansión de la presencia multinacional en el país, por supuesto que para pesar nuestro.

Una faceta distinta, pero en buena medida complementaria de la cuestión expuesta allí es discutir lo que a esta altura es una suerte de lugar común en la conciencia colectiva: Se dice que si se aumenta la productividad se reduce el trabajo disponible, porque la máquina – o el robot o el control automático – reemplazan al ser humano. Por lo tanto el desempleo sería un precio a pagar por transitar hacia una sociedad más productiva. O por lo contrario, si queremos preservar un alto empleo no deberíamos poner demasiado énfasis en tecnologías que ahorren trabajo.
Hace muy pocos días, una voz muy difundida en estas tierras, como Joseph Stiglitz ha publicado un documento académico (NBER WP20670) en que refuerza la idea que la búsqueda de mayor productividad puede aumentar la brecha de ingresos entre trabajadores, según su calificación y por la forma en que se apropiaría el mayor producto, puede generar mayor desempleo.
Este tipo de planteos, que bajan desde la teoría económica más abstracta, son tamizados por los divulgadores, por los medios y finalmente por la comunidad. Sedimentan finalmente como ideas comunes, que se pretenden válidas para el mundo central y para la periferia; para escenarios con Estados lúcidos o con Estados ausentes; como leyes universales, en suma, aunque el propósito de los iniciadores pueda – tal vez – haber sido más inocente y provisional.
En este caso, los efectos para la periferia son peligrosos. Porque en estas tierras los efectos de las innovaciones no fluyen espontáneamente por el conjunto del tejido productivo, como en cierto modo puede imaginarse en el mundo central. Aquí las inversiones multinacionales son hegemónicas. Y esa hegemonía se refleja, entre otras cosas, en la forma que dividen el trabajo entre país y el exterior. Aquí no se generan buena parte de las innovaciones, ni se decide cuales se aplican y cuáles no, ni mucho menos se diseminan por la trama productiva a consecuencia que hay una masa crítica de innovadores que fluyen de empresa a empresa. Simplemente, se aplican aquellas que aseguran a sus propietarias un aumento de productividad, con un correlativo aumento de producción y beneficios, que no comparten con sus trabajadores.
Esa descripción no tiene nada que ver con la habitual del mundo central, donde la innovación es un concepto metido en el seno de la sociedad y cuyos frutos se diseminan a lo largo de las cadenas de valor en que se aplica. Nuestro problema es, en rigor, mucho más complejo que el que analiza J.Stiglitz., quien ni siquiera discute la distribución equitativa de los frutos, como dándola por sentada.
En nuestros países, se debe empezar por entender cómo conseguir la posibilidad de desarrollar y aplicar innovaciones en la industria y el agro, sin que esa definición dependa del análisis de rentabilidad de una multinacional. Resolviendo esa faceta ya tendríamos por delante varias décadas de aumento simultáneo de la productividad y del trabajo disponible. Al cabo de ese período – recién entonces – podría aparecer un conflicto entre productividad y empleo. Eso se debe resolver promoviendo – desde ya – todas las actividades de interés comunitario que una economía organizada alrededor del lucro deja de lado. Para tener una producción eficiente, con cadenas de valor integradas, además de sistemas de protección y remediación del ambiente; sistemas de educación inicial, cuidado de enfermos y ancianos, prevención territorial de enfermedades, faltan hoy o mañana más trabajadores que los que están disponibles. El problema no sería la falta de trabajo sino el exceso de su demanda.
En estas regiones es usual que una filial multinacional anuncie una inversión de unas decenas de millones de dólares para fabricar miles y miles de autos. En realidad, la inversión total necesaria es mucho mayor – 50 y más veces mayor – solo que el resto se localiza en el exterior. Integrar esa cadena con solvencia lleva – se insiste – a aumentar la productividad y el empleo al mismo tiempo. Pero solo se puede hacer si quien toma la decisión pone en primer término maximizar el trabajo de calidad en el país y no meramente su ganancia puntual.
La idea básica para la Argentina es: Si queremos mayores salarios reales debemos aumentar la productividad global. Para que eso suceda debemos tener la capacidad autónoma de buscar esa meta. Para tener autonomía debemos reducir la dependencia productiva de las multinacionales. Al adquirir tal autonomía nos aplicaremos a completar las cadenas de valor con segmentos hoy faltantes, que a la vez que aumentan la productividad aumentan el empleo. Lo contrario de lo que asusta a J. Stiglitz y que nos baja como verdad revelada.
17.11.14

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