LA MEDIA RACIÓN

Nota para publicar en Miradas al Sur, sobre las cooperativas de servicios públicos.

LA MEDIA RACIÓN

Los intentos de economía social, como sabemos, tienen orígenes muy diversos. Los que parten de la convicción conceptual de construir escenarios alejados del cliché capitalista tradicional son en realidad los menos.

La gran mayoría se agrupa en formas no convencionales, a partir de la necesidad objetiva muy directa de sumar para sobrevivir. En este universo tienen una presencia mayoritaria las unidades promovidas desde el Estado, en particular durante la última década, en el intento de trasvasar compatriotas desde la dependencia asistencial hacia el trabajo asalariado. Por una serie de razones bastante simples de advertir, a todo gobierno le resulta más directo promover cooperativas de servicios públicos, teniendo en cuenta que es el mismo Estado quien puede garantizar la demanda de las prestaciones. Sin embargo, la cuestión no es nada simple.
La conformación de las cooperativas es un punto inicial y clave. Como una forma de agilizar los procedimientos se ha descentralizado este tema a los municipios. Buena parte de ellos, con poco resto para hacer selecciones bien cuidadosas, han optado por convocar líderes políticos barriales para que sean los aglutinantes de cada grupo humano. Se incursiona así por un primer error: formar una cooperativa de arriba hacia abajo, en lugar de aceptar como principio irrenunciable que la empatía entre los miembros es condición de existencia.
Luego sigue la capacitación. Allí hay contenidos explícitos e implícitos. En ciertas situaciones, es más importante lo que se omite que lo que se entrega. En efecto; además de las técnicas instrumentales de cada oficio, los ingresantes a la economía social deben tener la posibilidad de conocer y discutir las variantes de sentido de su actividad. Importa entender si se asumirán como grupos dependientes del Estado sine die; o en el otro extremo, si aspiran a competir en el mercado; o como opción superadora, finalmente, si han de pensarse como una forma de producción de bienes y servicios más orientada a la satisfacción de necesidades comunitarias. Seguramente no ni importante ni recomendable analizar estos conceptos en términos teóricos previos a incorporarse al trabajo. Por el contrario, es deseable que la misma dinámica del trabajo lleve a la necesidad de consensuar las ideas fuerza. Lamentablemente, toda esta reflexión no forma parte habitualmente de la preparación de las cooperativas auspiciadas en los ámbitos públicos, que se limitan a prepararse solo en lo instrumental específico.
Siguiente paso: la tarea concreta. Como apéndices de los planes de obras públicas de municipios o provincias, se les asigna tareas. Dependen, por lo tanto, enteramente de las decisiones de la autoridad administrativa, que a su vez solo en casos excepcionales analiza los planes con la comunidad que en definitiva debe ser la beneficiaria. Las cooperativas, de tal modo, quedan aisladas de las barriadas en las que trabajan. Son tan extraños a ellas como los empleados de cualquier contratista público, lo cual en este caso acentúa la segregación asistencialista con que se las examina.
Por último: la remuneración. Cuando comenzaron estos intentos, con numerosas cooperativas de vivienda, allá por 2004, el enfoque era muy interesante. Las cooperativas eran económicamente autónomas, en el sentido que se fijaba un precio por metro cuadrado y se facturaba por avance de obra. Los que más y mejor trabajaban podían aspirar a consolidarse más rápidamente. Pero el Estado no pudo administrar un sistema así. Entre certificación y pago efectivo transcurrían hasta 3 meses, lo cual estrangulaba hasta la asfixia a grupos que con toda lógica no tenían capital de respaldo, más que su fuerza de trabajo. El sistema nunca pudo funcionar con eficiencia y languideció.
Esa historia frustrante llevó a que el plan Argentina Trabaja creo cooperativas solo “ideales”, donde los miembros cobran sueldos uniformes, en toda grupo, en todo lugar y por cualquier tarea.
Uno podría decir que una cooperativa armada desde quien la contrata; con capacitación básicamente instrumental; sin interacción con la comunidad a la que sirve y con salarios fijados desde afuera, es en el mejor de los casos un intento riesgoso e inestable. O siendo un poco más precisos: un esquema asistencial, donde el producto no es lo que más interesa.
Si además, el sueldo fijado cubre entre el 50 y el 70% de una canasta básica familiar – media ración -, aparece una invitación a dar vuelta todo como un guante. Construir desde abajo; capacitar en el sentido integral de la economía social; definir planes de trabajo con la comunidad; establecer costos de obras o servicios en base a retribución digna de cada miembro y pago en tiempo y forma de las tareas para promover a aquellos que realmente se comprometen con un cambio de condición de vida.
Son las simples asignaturas pendientes, que marcan la diferencia entre asistir para la supervivencia o promover para el trabajo digno.
Emm/ 2.1.13

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