La categoría NACIÓN

La categoría NACIÓN

Un país federal es una institución política y administrativa de alta complejidad.
En efecto, el gobierno nacional se encarga de administrar el vínculo político y económico con el mundo. Pero no solo recauda los impuestos aduaneros; también el grueso de los impuestos vinculados a la actividad económica de todos los ciudadanos. De allí que deba establecerse un sistema de coparticipación, por el cual la Nación asigna alícuotas de lo recaudado a cada una de las Provincias.

De manera elemental y directa, aparecen en tal proceso espacios de negociación y de conflicto entre la Nación y las Provincias y de las Provincias entre sí, por la disposición de fondos y por las responsabilidades frente a la comunidad que se pueden o deben afrontar con tales recursos.
Para tener criterios con los que evaluar esas controversias, deberíamos comenzar por advertir que el sistema de distribución de fondos que se aplica en Argentina no es el único posible, no es más que uno de tantos que se usan en países federales. En los países más desarrollados, los Estados perciben en forma directa casi la totalidad de los impuestos e incluso tienen facultades para fijar algunas alícuotas. Aquí eso sería inviable por la enorme asimetría, que se arrastra desde más de un siglo, sobre todo por la dictadura económica que siempre representó el puerto de Buenos Aires.
Pero se podría pagar los impuestos a las ganancias y al IVA desagregando el aporte según la distribución espacial de la cadena de valor, usando solo los impuestos aduaneros para compensar diferencias y promover las regiones más pobres. U otras variantes que los expertos imaginen. En fin, lo concreto es que puede haber formas de percepción más automática por parte de las provincias, que construirían un escenario de menor dependencia financiera respecto de la Nación.
Los ciudadanos de a pie, sin embargo, no sabemos dos cosas:
a) Como asegurar la mejor eficiencia en el uso de los fondos.
b) Como evitar que la dirigencia admita como norma que quien tiene más poder político, puede tomar de rehén a quien depende de que le asignen fondos desde arriba.

Hoy poco y nada sabemos sobre lo primero. Por su parte, estamos seguros, a poco que leamos los diarios con frecuencia, que es enteramente habitual que la Nación disponga de muy importantes partidas para asignar con discrecionalidad a las provincias; para infraestructura, para evaluación de proyectos productivos, para apuntalar inversiones manufactureras e incluso para cubrir baches de gastos corrientes en salarios o similares.
Los aportes del Tesoro a las Provincias (ATP) fueron la primera herramienta, inventada durante el gobierno de Alfonsín y manejada desde el Ministerio del Interior o las cajas PAN, distribuidas en la misma época desde el Ministerio de Desarrollo Social.
A medida que pasó el tiempo, hasta hoy, aquellas decisiones parecen juego de niños en cuanto a los montos involucrados, aunque no se diferencian cualitativamente en cuanto a su implicancia política: apoyar a jurisdicciones de menor nivel, considerando mejor a los amigos. Todos los gobiernos han compartido el intento, con distintos grados de “éxito”.
Según mi criterio – un poco ingenuo tal vez, pero con el único valor de la coherencia – allí está la madre del borrego que lleva a un/a Presidente a poder decir con toda naturalidad que se seguirá “ayudando a las Provincias desde la Nación”, como si fueran entidades separables, en lugar de indisolublemente unidas, por definición.
Las conductas que se generan en este esquema son totalmente previsibles. Del “hacete amigo del juez” del Martín Fierro se salta al “no te pelees con el Presidente, ni siquiera te diferencies” de los tiempos modernos.
En los dos lados del vínculo se cree con naturalidad que quien tiene más poder puede ser discrecional y quien tiene menos debe ser tributario de favores superiores. Cuando se rompe esos códigos, pierde el más débil y políticamente se piensa que es normal, que es éste quien es responsable.

Lo entiendo, aunque me cuesta. Pero no me gusta como sistema de conducción del Estado en su conjunto. No me gusta no solo por razones de principios democráticos, sino porque es un sistema totalmente inestable, que deja heridos todo el tiempo, que buscan hacer girar la calesita, para volver a empezar y tomar revancha. Y el pueblo mirando.
Emm/12.7.12

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