EL SUJETO SOCIAL DEL CAMBIO

EL SUJETO DEL CAMBIO
Los politólogos aplicados y a la vez comprometidos con la búsqueda de sociedades más justas, analizan por estos días al derecho y al revés la evolución de la situación política venezolana. Ese país está iniciando el segundo año posterior a la muerte de Hugo Chávez, quien desde 1999 construyó un proceso sin antecedentes. Allí se buscó y se busca una modificación sustancial de las relaciones de poder y de producción. Eso sucede manteniendo y reafirmando un sistema de elecciones transparentes y de libre concurrencia, tanto de candidatos como de electores. También sucede con el apoyo de las fuerzas armadas, incluso en puestos ejecutivos importantes, pero sin que se pueda decir que hay un partido militar hegemónico. Además, se consolidó un partido político con más de 3 Millones de afiliados y una alta actividad militante de ellos, junto con numerosas formas de participación comunitaria en los más variados aspectos de la vida en sociedad.

Sobre esa infraestructura política operó un líder hiperactivo, que se involucraba en cada matiz de la política, al punto de confundir a los observadores externos, porque ocultaba de su vista tanta densidad de entramado social. La desaparición física de Hugo Chávez agrega más complejidad al escenario, – si es que hacía falta – porque ahora está sometido al juicio histórico saber si se puede mantener el rumbo y mejorar sustancialmente la eficiencia de la gestión, a través de la articulación de dos estructuras políticas con muchos elementos comunes, pero algunos bien diferentes, como son el partido militar y el movimiento político chavista.
En todo caso, en Venezuela son identificables los sujetos sociales comprometidos con el cambio y la discusión es más operativa que sobre su origen. Sin desdeñar, por supuesto, los análisis sobre la influencia de la subjetividad de los protagonistas, de las ambiciones personales y de pequeños grupos o de la presión de los intereses internacionales.
En Argentina 2014, ¿Cuáles son los sujetos sociales que han de mantener y profundizar una tendencia popular de gobierno?
El genocidio, con las fuerzas armadas como brazo instrumental, cerró definitivamente la posibilidad de integración militar a un proyecto popular. Culminó en ese momento un período de más de 20 años en que la conducción militar – y con ella toda la estructura institucional – se puso sistemáticamente del lado de los enemigos de la justicia social y no quedó ni queda sendero de retorno. En todo caso es un capítulo de otra discusión como sacar del medio a una organización cuyo rédito popular presente o posible no existen.
El partido político siempre fue el espacio más ineficiente como factor de cambio del movimiento justicialista, porque allí – conforme a la tradición política argentina – es donde siempre se dirimieron de manera oscura las candidaturas a cargos electivos. La democracia interna nunca fue un factor destacado de éste o de algún otro partido y la participación solo se dio en algunas circunstancias críticas y mediatizadas por la convicción general que era un hecho transitorio.
La estructura sindical ha soportado desde la primera libertadora la presión de los sectores empresarios para perder combatividad, en la medida que ya no contaba con apoyo oficial. A ese hecho elemental se le agrega la tensión generada por la exclusión, que convierte a los trabajadores sindicalizados en una clase con privilegios, que pasa a tener temores de perder, no solo trabajo sino jerarquía social, en un país que ha tenido casi el 50% de sus trabajadores sin protección legal. A ese contexto estructural se le agrega la ruptura del diálogo con el Gobierno, un hecho francamente difícil de comprender y en caso de admitir algunas hipótesis, difícil de justificar, por la debilidad política estratégica que ello acarrea en los dos actores. No interesan aquí los análisis estadísticos que mostrarían la importancia cuantitativa decreciente de los sindicatos en relación al conjunto de los trabajadores. Las organizaciones sindicales son y serán en todo horizonte imaginable un instrumento necesario en la confrontación con los factores de poder concentrados de la economía. Negar la importancia de los sindicatos es negar la importancia de la confrontación y allí estaríamos embromados de verdad.
Ni una hipotética relación líder – masa al estilo de las sociedades anteriores a la existencia de medios de difusión tan potentes como la televisión; ni la memoria colectiva al momento de votar; ni una organización de cuadros que llega al conocimiento de los conflictos sociales desde los sillones de funcionarios; son garantía de una estrategia sólida de profundización, que implemente una sociedad más justa. En el mejor de los casos, cada uno de esos factores, con la anárquica articulación imaginable, puede conseguir un buen papel electoral y hasta la victoria en una elección presidencial. Eso no es lo mismo que la consolidación de una transformación. La falta de los miles y miles de apóstoles convencidos y organizados que se necesitan para insertar en el cuerpo social un verdadero plan transformador lleva a que las metas electorales se hagan excluyentes y eso obliga a perfilar los candidatos según las encuestas y en mucha menor proporción según las convicciones. De tal modo, se puede aspirar a estabilizar la gestión de las instituciones, pero seguramente no a modificar su estructura y sus fines últimos.
El sujeto social del cambio hay que construirlo.
Se necesita una estructura sindical que no solo esté unificada en su conducción sino que asuma un compromiso de representación distinto del actual. Paradójicamente, se trata de volver a representar a todos los que trabajan, como en los tiempos del primer peronismo en que no había desempleo. Hoy en un contexto distinto. Una organización sindical fuerte debe bregar por los derechos de los sindicalizados y de los que todavía no tienen derechos ni siquiera a constituir un sindicato, porque son virtuales fantasmas para la burocracia pública.
Se necesita un partido político popular de amplia convocatoria, con derecho a postularse y ser elegido, sin roscas ni decisiones ombliguistas. Con militancia y convicción, se debe ganar la batalla aún al interior del propio espacio, como hizo Hugo Chávez – contra la opinión de toda su cúpula política – al habilitar la inscripción de candidatos por internet para cada cargo y la obligación inexorable de elecciones internas.
Además de esos dos ámbitos que son decididamente condición necesaria para convencernos que la perspectiva nacional y popular tiene mirada estratégica, deben configurarse y respetarse todos y cada uno de los ámbitos de participación social que construyan compromisos positivos entre los compatriotas. Reconstruir los consejos de escuela que implementaron J. Bordón en Mendoza o A. Cafiero en Buenos Aires y darles la posibilidad de administrar la infraestructura escolar. Hacer lo mismo con consejos de hospital. Respetar a conducciones democráticas de villas y construir con ellas planes de urbanización. Discutir la producción local de bienes básicos a cargo de cooperativas o de unidades público privadas. Diseminar y fortalecer mercados de productores. Promover con fuerza la industrialización del agro en pequeña escala. Cada uno de esas decisiones, si son sentidas y comprometidas, construye tejido social y convoca a la organización popular para sostener el gobierno que las promueve. Pasan a ser planos propios de la vida social y dejan de ser decisiones de un gobierno “bueno”.
Todo lo antedicho es el umbral necesario para democratizar y argentinizar a ultranza la economía argentina. Si no hay un sujeto social potente predispuesto al cambio, éste no sucederá.
Sin ese actor, no será de extrañar que la política retroceda hacia su faceta más mezquina y perversa: Discutir candidaturas en base a características personales, método que es garantía de estancamiento o de retroceso de las conquistas populares.
Podemos discutir a continuación quien o quienes son los responsables de afrontar este desafío de organización. Corto camino: Todos. Cada uno en su medida y armoniosamente.
EMM/ 1.6.14

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