EL HILO CONDUCTOR DE LA NO POLÍTICA INDUSTRIAL

EL HILO CONDUCTOR DE LA NO POLÍTICA INDUSTRIAL

Los españoles esperaban encontrar en estas playas una cuenta más de su rosario proveedor de oro y plata. Cuando entendieron que no era así, toleraron el crecimiento y fortalecimiento de un puerto de contrabandistas, que ayudaban a eludir los controles del Alto Perú y el Perú mismo.
El comercio – y por izquierda – fue desde el mismo comienzo el sentido de existencia de esta Nación.

Los ingleses, cuando se instalaron como nueva potencia hegemónica, entendieron el origen de la riqueza alternativa que emergía de estas extensas pampas. Primero fue lana y los cueros. Luego, con la posibilidad de refrigerar y congelar, fue la carne. En paralelo, el trigo y el maíz.
La lógica de la metrópoli y con ella de buena parte de la dirigencia política argentina es que el país podía y debía especializarse en esas producciones; que podía haber complementos menores para el abasto cotidiano y que el resto podía comprarse a cambio de las exportaciones, desde las telas o los ponchos, hasta la vajilla de loza o porcelana.
Las voces de Osvaldo Magnasco, José Hernández, Carlos Pellegrini fueron minoritarias y derrotadas. Aquella frase que tanto levanta la actual UIA: “Sin industria no hay Nación”, era en rigor un concepto de resistencia.
En los siglos primeros de formación de nuestra comunidad no hubo política industrial y casi no hubo industria, que no fuera para consumos regionales o subsidiaria de las exportaciones de granos, carnes, lanas y cueros.
El comercio exterior era la medida de nuestro éxito y a la vez la medida de lo que podíamos consumir, porque nuestras compras eran una consecuencia de nuestras ventas, con dominancia total de Inglaterra como mercado.
Este escenario no comenzó a cambiar por lucidez política de ningún liderazgo, sino por dos situaciones traumáticas a escala planetaria, que cambiaron totalmente el movimiento de bienes: la crisis global de la década del ´30 y la segunda guerra mundial.
Allí nació la industria, tanto nacional como alguna de capitales extranjeros, para producir bienes que ya se consumían y que no se podían importar. Una sustitución forzada.
El gobierno de Juan D. Perón convirtió ese fenómeno en una política, al ejecutar una sistemática de apoyar con mucho crédito barato a quienes reemplazaran producción importada, que seguía siendo escasa, pero a la que aplicó aranceles altos para proteger lo local.
El gobierno de Arturo Frondizi, a su vez, de manera coherente con la doctrina dominante del desarrollo al interior de cada país, que tuvo vigencia durante la guerra fría, en previsión de una tercera guerra mundial, se aplicó a conseguir la presencia de eslabones hasta entonces ausentes.
La industria llamada pesada (celulosa, petroquímica, siderurgia) y la industria automotriz, así como la producción de petróleo, recibieron muy importantes estímulos.
Al igual que con el proyecto justicialista, esto se fundamento en documentos doctrinarios que pudieron calificarse como una “política”.
A partir de allí se terminó la política industrial.
Hubo industria, por todo lo hecho hasta allí y siguió su evolución. Se hicieron proyecciones y estimaciones de crecimiento; se establecieron acciones defensivas frente a la competencia externa o de desprotección cuando en la década del ´90 se consideró que la importación debía ser un control de la inflación; se promovió la instalación de industrias en algunos territorios específicos del país; se discutió una y mil veces como asegurar crédito a las unidades más pequeñas. Hasta se publicaron documentos varios, a los cuales se les llama planes estratégicos, cuando en rigor son solo estimaciones de qué harán los actores privados en cada faceta de la actividad. Todas esas acciones no se puede decir que llegaran a configurar “políticas”.
Desde hace 50 años Argentina tiene la evolución industrial que la macroeconomía ha definido como posible y necesaria.
Esto es: aumenta el consumo interno porque hay una política de distribución de ingresos favorables; pues entonces aumenta la oferta de bienes de consumo durables y no durables.
Las grandes corporaciones mineras sacan del congelador a la Argentina como reserva estratégica; pues entonces pasan a exportarse concentrados de mineral, con el mínimo valor agregado, además con garantías legales superlativas para la renta de la actividad.
Las grandes terminales automotrices planifican el mercado Brasil – Argentina, mientras los gobiernos no pueden hacer otra cosa que reclamar cuando hay desbalance de divisas de uno u otro lado.
Y así siguiendo.
Hace 50 años que la Argentina no decide qué quiere producir y por qué. En su lugar, lo hacen los inversores privados, con hegemonía multinacional, en función del escenario macroeconómico y de capacidad de consumo popular que sus gobiernos puedan construir.
En realidad, en ese período hubo una doctrina, pero a la cual deberíamos definir de des industrialización. Es la llamada “especialización exportadora”, término con que el Consenso de Washington buscó modernizar la teoría de ventajas comparativas de David Ricardo, aunque en rigor la bastardeó.
En base a ella se postula que el país debe concentrar su atención en aquello en lo cual compite mejor en el mundo, usando las divisas generadas para importar el resto de los bienes que necesita. Ni más ni menos que la teoría inglesa del granero del mundo, solo que sin Inglaterra como comprador-vendedor central.

LA INERCIA
El discurso político de gobierno intenta hoy no tener nada que ver con lo recién mencionado. Busca definir una estrategia de crecimiento industrial que apuntale la inclusión y acerque así a la justicia social.
Sin embargo, el peso de la historia es tan fuerte que la idea comercial sigue siendo hegemónica, a tal punto que tanto los actores como los funcionarios solo consideran relevantes los proyectos que incrementen las exportaciones.
Agregar valor a la producción del campo, para exportar.
Producir fertilizantes de potasio o aluminio, para exportar.
Recuperar YPF – decisión incentivada por el aspecto comercial de un intercambio negativo – para primero autoabastecer al país y después exportar.
Producir biodiesel o recuperar los desechos de la industria forestal, fabricando pellets combustibles, para exportar.
Incluso cuando se pone el énfasis en la contracara, la sustitución de importaciones, eso surge a consecuencia de una preocupación sobre la disponibilidad de divisas (el comercio otra vez) y dejando a los operadores privados la decisión de en qué y cómo avanzar.
Se confunde así una política con el simple crecimiento. La política es, entonces, producir más. De qué? De aquello que los inversores definan.

UNA POLÍTICA
Para salir de la política de la especialización exportadora hay que dejar de centrar la vida, a criterio de quien esto escribe, en la búsqueda del lucro.
La obtención de un beneficio debe ser una condición necesaria para la sustentabilidad de una actividad, pero su actual lugar jerárquico debe ser ocupado por otro concepto, que a mi criterio, es:

Asegurar la satisfacción de las necesidades de toda la comunidad, con exportación de los excedentes que puedan ser generados a partir de nuestras capacidades humanas o de recursos naturales.
Esto en un contexto de:
. Pleno empleo
. Equidad distributiva
. Equidad espacial en el territorio nacional

Ese objetivo, sometido a las tres condiciones de contorno mencionadas, constituye una definición de política productiva, que por supuesto incluye a la política industrial.
Muchas cosas serían diferentes si se aplicaran esos conceptos a rajatabla.

. Pasaría ser considerado negativa la concentración empresaria en las ramas de producción de alimentos para mercado interno, revalorizando las producciones locales.
. De manera no antagónica, tendría sentido promover industrias alimenticias dedicadas exclusivamente a la exportación.
. Toda la agroindustria se pensaría como cadena de valor integral, considerando por lo tanto frágil y no recomendable la dependencia de semillas cuya tecnología no es de dominio público; la falta de equipamiento nacional para producir, conservar o transformar bienes del agro.
. A partir del examen de la composición de los 70000 Millones de dólares anuales que hoy se importan, se identificarían la gran cantidad de bienes que son factibles técnica y económicamente de producir aquí ( por más de la mitad de ese valor) y se diseñarían las estrategias para desarmar los obstáculos que hoy lo impiden.
. La producción local para el mismo mercado local cobraría vigencia conceptual y técnica, desarmando el prejuicio de que unas pocas empresas tienen un derecho natural a abastecer todos los bienes básicos en cualquier punto de la Nación.
. De manera concomitante, se produciría una mayor dedicación de inteligencia para generar eficiencia en toda la producción en esa escala, dejando de considerarla cuasi asistencial como muchas veces hoy sucede.

La lista de nuevas miradas sigue y sigue. Si dejamos de obsesionarnos por el comercio exterior y nos dedicamos a entender y satisfacer las necesidades comunitarias de un país con recursos naturales tan virtuosos que deberían hacer inimaginable tener restricciones externas, otra industria, otro país vendrá.

Emm/3.3.12

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