EL DISCURSO Y LA ACCIÓN

EL DISCURSO Y LA ACCIÓN

En todo tiempo histórico ha habido tensión social por la distribución de los frutos de la labor productiva de una comunidad.

Hace un siglo, sin embargo, el poder para pocos y la exclusión para muchos, era un dato irrefutable y entendido como condición natural. El discurso conservador, que marcaba un orden natural para las cosas, solo era confrontado por otro resistente, más que renovador o transformador. En esa sociedad estática, cuando mi padre era un adolescente, por allá por 1930, su imagen de ascenso social era llegar a ser maestro de escuela o empleado de banco.

No había otra cosa.

La industrialización y la aparición masiva de clases medias fueron el punto inicial de construcción de una dinámica distinta. Aparecieron fracciones sociales que dispusieron de horizontes de mayor prosperidad, pero a la vez esos mismos sectores acumularon la percepción nueva de que también podían retroceder, cosa que ninguno de los dos extremos de la sociedad conservadora consideraba posible. Unos, porque no había donde bajar y otros porque eran los dueños de la sociedad.

Este germen de controversias más fuertes, evolucionó en nuestro país desde el final del gobierno justicialista de los ´50 y a medida que la globalización se consolidaba. Un menú que mezcló sindicatos fuertes; con clases medias vacilando entre el optimismo y el temor; las revoluciones en las comunicaciones; la hegemonía del capital financiero, como elementos centrales, marcó un espacio donde el discurso conservador se hizo insuficiente y los conflictos permanentes señalaron la impronta de la incertidumbre.

Primero, el discurso dominante se escondió detrás de los golpes militares, como restauradores del orden. Fracaso. Al costo de miles de muertos y desaparecidos, el método terminó siendo repudiado por las mayorías.

Vino en auxilio el Consenso de Washington, que intentó establecer un discurso conservador único en toda Latinoamérica. La especialización exportadora; la libre circulación de mercancías y capitales; las privatizaciones; la reducción del aparato público; constituyeron los componentes de un catecismo con el cual no se podía discrepar desde la academia a riesgo de ser considerado un simple ignorante.

Otra vez fueron las clases medias quienes desde su subjetividad marcaron la medida del fracaso de este camino. “Pobres hubo siempre” dijo con precisión algún imbécil, pero los sectores medios, luego de volver 20 veces de Miami pagando exceso de equipaje, se encontraron con el límite de la imposibilidad de consumir sin producir y con el riesgo suicida de poner sus ahorros en manos de quienes creían que el dinero produce dinero. El Consenso fracasó. Y con el, se disolvió el discurso, el último discurso conservador posible. Porque ya no se podía defender como escenario común uno en que una gran proporción de la población perdía calidad de vida. No es que no ganaba o se movía con lentitud, perdía. Y esa situación no hay discurso que la pueda defender.

En toda América Latina quedó el espacio abierto para quienes explícitamente repudiaran el Consenso y sostuvieran en el discurso la vocación de transformar esa realidad. Con la historia de cada país a cuestas y correlativamente, con sus conflictos sociales expresados en variada dimensión y forma, el rechazo al Consenso y una propuesta de mayor equidad, esta vez también interesó y abarcó a los sectores medios, que se consideraron damnificados de la etapa anterior.

El discurso transformador se instaló en el centro de la escena.

Una escena donde los conservadores se han hecho reaccionarios, porque el ámbito social que conocen y desean es el que fracasó para las mayorías, aunque no para ellos, situación que obviamente no pueden expresar. Por eso es que son reaccionarios, sin discurso o con uno totalmente disperso.

El desafío argentino y del resto de Latinoamérica es actuar en base al discurso transformador genérico y construir otra realidad económica y productiva, donde los humildes y los sectores medios tengan un horizonte de mejor calidad de vida personal y familiar, que además sea perdurable.

De tener éxito, se habrá logrado tener la contracara del Consenso, que era un discurso práctico, con un menú de ejes de acción. En eso consistía su riesgo justamente: que no eran valores abstractos solamente, sino un conjunto de medidas, cuyo fracaso las auto excluye a futuro.

El conjunto de medidas que sustenten una sociedad transformada para bien, todavía no existe en ningún país de la región. Está la búsqueda. Hay acciones parcialmente exitosas. Falta recorrer aún un camino práctico y luego teórico, que muestre y fundamente como se puede vivir mejor gobernando al mercado y no a la inversa.

Mientras eso sucede tenemos un discurso genérico y buenas intenciones. Situación que seguramente invita a los conservadores devenidos reaccionarios a tratar de apropiarse del discurso transformador y darle otras connotaciones prácticas, que reconstruyan una sociedad conservadora con otro ropaje. Ese fue el intento que hizo Henrique Capriles en Venezuela y que lo acercó a 11 puntos de Hugo Chávez. Eso sucederá en cada país de esta parte del mundo. Aquí también. Ya se intentó, solo que con personajes casi caricaturescos, pero volverá a suceder.

El discurso del Consenso no puede volver. Pero las condiciones materiales del capitalismo concentrado, generadoras de desigualdad y de inequidad sin límites, están allí, en muchos casos casi sin modificaciones.

 

Las llaves las tenemos nosotros. Si nos enamoramos del discurso y forzamos la realidad para que entre en él, habremos fallado. Si en cambio, buscamos obsesivamente como lograr una correspondencia entre el discurso y la realidad, teniendo como medida aquella consigna simple pero efectiva, de la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación, a lo mejor este tiempo se instala con firmeza en la historia.

Emm/24.10.12

 

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