EL AMBIENTE Y LA ECONOMÍA SOCIAL

EL AMBIENTE Y LA ECONOMÍA SOCIAL – A publicar en Miradas al Sur

La vinculación entre energía, medio ambiente y pobreza se ha instalado en los foros mundiales, como se reiteró en la cumbre de la que acaba de participar la Presidenta argentina en Emiratos Árabes. Día a día se hace más evidente que la escasez global de energía y el deterioro del medio ambiente han levantado una ola que viene desde el mundo desarrollado, que sostiene que es inviable pretender para los actuales pobres una calidad de vida como la del mundo central, ya que en tal caso los problemas de energía y ambientales serían mucho más agudos.

En rigor la inviabilidad se busca disimularla detrás de interrogantes aparentemente angustiados, que en términos prácticos conducen a desalentar programas masivos de inclusión social, con la idea que en tal caso se crearían problemas insolubles, más graves que los actuales. Viene a la mente una y otra vez la imagen de un Titanic hundiéndose sin botes suficientes y con los que están a salvo pensando que eso es mejor que morir todos.
El problema es civilizatorio. Va más allá de indicar que el gran despilfarro de energía y la mayor contaminación provienen del mundo central y de China. Es, además, que esa forma de consumo es la referencia de calidad de vida para gran parte del mundo pobre. Los consumos específicos de papel, plástico o metal del mundo desarrollado son entre 3 y 10 veces los de aquellos países que están fortaleciendo sus clases medias; la basura generada por habitante es más del doble en una ciudad norteamericana media que en Buenos Aires. Se podrían seguir con ejemplos que muestran que los sectores medios periféricos tienen en la vidriera – aspiran a – una sociedad que tiene más, consume y tira mucho más.
Los grandes trabajos buscando mayor eficiencia en Europa y Estados Unidos han puesto el énfasis y logrado algunos éxitos en aumentar el reciclado y la recuperación, a través de procesos industriales complejos, o en mejorar la eficiencia térmica de los edificios, pero ni siquiera han centrado su mira en reducir los consumos específicos de los materiales críticos. Hasta en el automóvil, arquetipo del ascenso social, los autos menos contaminantes son, para la periferia, los más caros.
Por lo tanto, la referencia para los pobres sigue siendo la misma. Con un agravante, incluso: las inversiones de los sistemas de reciclado son altas y probablemente si aumentan los consumos específicos, simplemente aumentarán los residuos sin recuperar.
Dura encrucijada para el planeta, sus habitantes y sus gobiernos.
La vinculación entre energía, ambiente y pobreza tiene en tal caso más de una faceta. Se puede avanzar como hasta hoy con imputaciones al mundo central, al cual lo mejor que se le ocurre es pagar por contaminar o construir un sistema de bonos de carbono como mera dilación del problema. O se puede trabajar en bloques como la nueva Latinoamérica, en conjunto con interesantes sectores minoritarios de Japón, Europa y Estados Unidos, desarrollando modelos de producción y consumo de bienes que, desde su misma génesis, aspiren a mostrar que se puede contar con mejor calidad de vida, sin copiar estilos depredadores.
Aquí la economía social es clave. Pero necesita un apoyo conciente y sistemático del sector público. Producir para el consumo local es un hecho virtuoso que se ha comentado en muchas formas y lugares. Incluye entre sus virtudes la construcción de alianzas comunitarias más firmes que las de la política o cualquier otra y que permiten pensar en grande sobre el destino colectivo. Es enteramente evidente, sin embargo, que no se puede implementar tal sistema en paralelo y en competencia con el capitalismo concentrado sin que el pez más grande se coma al chico y la frustración sea un hecho reiterado.
Los espacios de comunicación entre productores locales y sus consumidores; las facilidades impositivas y crediticias para esas unidades; la adecuación de normas burocráticas que impiden comercializar bienes que no hayan sido manufacturados en gran escala. En síntesis: la necesidad de desarmar la telaraña construida por los grandes intereses para preservar su negocio, es algo que supera lo ideológico. Tiene que ver con la subsistencia, en tanto se vincula íntimamente con el consumo de energía y con el ambiente, cuyos déficits castigan con mucha mayor fuerza a las comunidades pobres y a los países pobres que a los demás.
El reclamo al mundo central es necesario. La construcción local de otro sistema de valores es imprescindible.
Emm/16.1.13

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