DEFENDER LO LOGRADO

Difundo un material que está a la espera de publicación en Tiempo Argentino. Es de uso interno.

DEFENDER LO LOGRADO
El miedo a perder calidad de vida ha sido usado como herramienta electoral, con variada fortuna para quienes la programaron, durante buena parte del período democrático que comenzó en 1983. Es más, comenzó a ser usado antes. La imagen del cajón exhibido por Herminio Iglesias arrimó seguramente unos cuantos votos a Raúl Alfonsín. Pero consiguió muchos más votos, en 1995, el miedo a los cambios en el crédito fácil. En los comienzos de la campaña de 2015, se plantea, una vez más, el posible uso del miedo como convocante electoral, pero en un contexto nuevo, que vale la pena desagregar.
En efecto: Es la primera vez en 32 años que se acerca una contienda electoral donde la transición se hará con calma institucional y donde quien encarna el liderazgo del proyecto oficial no puede ser candidata. En ese escenario, es lógico que se plantee la necesidad de defender los éxitos logrados desde 2003, incluso defenderlos frente a posibles claudicaciones de algún candidato del propio oficialismo, ya que es éste espacio el que tiene las mejores chances de ganar las elecciones.
El punto es, sin embargo, ¿cuál es la mejor manera de defender lo logrado? ¿Hacemos la lista de aquello no negociable y movilizamos a los beneficiados ante el temor de perderlo? Es posible. Efectivamente, se ha hecho en otras ocasiones, con resultados positivos en las urnas, asociados de manera proporcional a la torpeza de los contrincantes, que en este caso parece importante.
Esa línea, no obstante, marca dos criterios políticos discutibles:
a) Supone que los involucrados deben tener más miedo a perder cosas, que ilusiones de tener algunas nuevas. Es decir: Ya llegaron o, mirado desde la política, ya llegamos. Para mencionar un solo ejemplo que le dé cuerpo a lo que se quiere presentar a debate: otorgar una jubilación mínima de manera masiva a millones de personas, dejadas de lado por las políticas laborales o asistenciales por décadas, es un avance monumental. Ahora bien, ¿no deberíamos plantearnos la forma de crear ámbitos laborales que permitan que esos jubilados – y cualquier otro con una retribución mínima – puedan aspirar a mejorar su condición de vida, y contribuir así a una mejora general? Pagar una jubilación mínima a quien fue explotado toda su vida es un enorme salto de calidad. Queda pendiente el otro salto: conseguir que pueda vivir de sus ingresos. ¿No deberíamos plantear al menos esa esperanza?
b) Supone que el miedo a perder puede mejorar la vocación de delegar en algún dirigente político la administración del futuro. Se parece mucho a manipular voluntades. Manipular no es un verbo compatible con un proyecto nacional y popular, aunque muchas veces no pensemos en ello.
Los directores de fútbol más románticos o temerarios siempre dijeron que no hay mejor defensa que un buen ataque. ¿No es el momento de trasladar este concepto lúdico a una cuestión mucho más crucial para todos nosotros como lo es una propuesta política?
Un buen ataque sería tener planes para que los jubilados que hoy cobran la mínima puedan estar mejor, reduciendo sus costos o mejorando sus ingresos o habilitando para ellos trabajos especiales, con complejos menús.
Un buen ataque sería definir caminos para que los docentes puedan dedicarse a un solo colegio y los alumnos aumentar sus horas de escolaridad. Del mismo modo, los médicos y las enfermeras que quieran, puedan dedicarse a un solo establecimiento asistencial.
Un buen ataque sería dar forma solvente y sólida a una propuesta para la producción popular, definiéndola como aquella que se organiza para satisfacer necesidades y coloca el lucro en un segundo lugar.
Un buen ataque sería eliminar toda connotación asistencialista en el tratamiento de los millones de trabajadores, hoy sin derechos. Y área por área, caso por caso, buscar relaciones de mínima dignidad y de justa retribución, además de asegurarles la posibilidad de una sindicalización hasta hoy negada.
Un buen ataque sería presentar una propuesta para que los temores patrimoniales de la clase media argentina tengan una válvula de escape invirtiendo en grandes proyectos nacionales, en condiciones superiores a las que se les vienen brindando históricamente a los inversores extranjeros.
Un buen ataque sería tener un plan para la construcción de un millón de viviendas populares, a resguardo de toda especulación en tierras.
Dibujar una nueva cancha, en síntesis. Poner a la hinchada a construir el campo de juego, las tribunas y la organización del funcionamiento del estadio. Por ese sendero, defenderemos lo logrado y construiremos una nueva esperanza – que no es utopía – que reemplace a los miedos.
Enrique M. Martínez
Instituto para la Producción Popular

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