COMPETIR POR COSTOS, nota en Miradas al Sur

COMPETIR POR COSTOS

Hace ya varias décadas, que los países periféricos pujan por contar con instalaciones productivas del cada vez más chico grupo de corporaciones que hegemonizan buena parte de la manufactura industrial en el mundo.
El sentido común indica que los “ganadores” serán los que lleven a la corporación respectiva a obtener las mayores ganancias, porque eso es lo que decidirá su inversión. Sea que tenga proveedores que suministren a los menores costos o que posibilite que una eventual filial de la empresa tenga los menores costos directos de producción, siempre aparecerá el mismo concepto: la posibilidad de que el negocio que haga allí sea el mejor posible.

El país receptor obtendrá el beneficio de tener más gente ocupada y pagará a su vez el precio de que los salarios de esa gente tendrán un techo, porque estarán sujetos permanentemente a comparación con otras alternativas de localización para la corporación.
Así son las cosas. Es sabido desde hace mucho, aunque resulta necesario actualizarlo periódicamente.
El resultado habitual es que aquellas industrias con alta demanda de trabajo con poca calificación técnica, como el calzado o la indumentaria, van transitando hacia países con salarios más y más bajos. África, Centro América, algunos ámbitos de Asia, están permanentemente en tensión por estas actividades.
Los dos grandes sectores en que los países de capacidad tecnológica media, como el nuestro, participan de cadenas de valor globales, son el automotriz y la electrónica, que tienen importantes diferencias entre sí, pero mantienen en común aquella necesidad de que el segmento que se ubique aquí debe representar alta rentabilidad relativa para la corporación.
El resultado de todo ese proceso de concentración es que los proveedores deben ajustar todo el tiempo sus costos a la baja. En el límite, cuando se afecta la sustentabilidad económica de la empresa, suele ser comprada por alguna empresa externa con espaldas más fuertes. Así, la gran mayoría de los autopartistas que siguen operando en el país, son hoy filiales de empresas brasileñas, varias de las cuales son a su vez subsidiarias de empresas globales.
En tal escenario es que hay que operar cuando el país aspira a mejorar el trabajo nacional incorporado a un auto o un teléfono celular.
Armar comisiones para concluir que los proveedores nacionales podrán proveer si ajustan sus costos a los valores actuales de importación es llegar a una verdad de Perogrullo. Lo preocupante es que si hay empresas nacionales que tomen ese desafío, probablemente inicien de tal modo el camino hacia su desnacionalización, por lo que se señala más arriba.
¿Y entonces? Parece que la opción de hierro fuera: O tenemos trabajo con techo de valor y de jerarquía, subordinado a las decisiones de la corporación, o no tenemos trabajo alguno.
En los términos tradicionales de negociación del mundo global, eso es rigurosamente así. El punto es que se requiere romper esa trampa conceptual.
Solo un pequeño conjunto de países están en condiciones de salir del círculo vicioso. Argentina y Brasil están entre ellos. Porque la condición necesaria para animarse es tener la capacidad técnica de pensar un bien alternativo al que se trate, con diseño nacional y capacidad de control autónomo sobre la cadena de valor. El país que pueda convencerse que sabe diseñar y construir
un auto o una computadora personal, puede luego negociar en otros términos con grandes corporaciones cuales son los segmentos de la línea productiva que se pueden y deben instalar en su territorio.
El futuro en este campo puede mirarse en términos optimistas o pesimistas. Pesimista sería quedar abrumados frente al ritmo de innovación en los sectores que induce a pensar que nunca se podrá alcanzar un nivel adecuado. Optimista – y realista – es advertir que estamos hablando de una enorme gama de bienes finales, que van desde una moto con motor a combustión interna o motor eléctrico, hasta un televisor o una computadora. Clasificar ese universo por niveles de complejidad es una posibilidad inmediata.
Elegir del mismo los segmentos que están al alcance en términos inmediatos, de un lustro o de una década, lleva apenas un poco más de tiempo.
Sobre esa plataforma de conocimiento, sigue una etapa con más contenido político, que debería responder a la pregunta de cual es el grado de control sobre un sector, que permitiría sumar un producto en caso de tenerlo. Por caso, si tuviéramos compresores para heladeras, sería inmediato que nuestros fabricantes de heladeras los usaran. Lo mismo si tuviéramos un motor eléctrico para motos. Mucho más complicado si tuviéramos diseño de componentes para celulares.
Es una estrategia, necesariamente de largo plazo. Pero resulta imperioso tenerla, si no queremos reproducir reuniones de presión a corporaciones en que las dos partes saben de antemano quien tiene la sartén por el mango.
10.8.12

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