CIENCIA Y TECNOLOGÍA: ¿USAR, PRODUCIR O APROPIARSE?

CIENCIA Y TECNOLOGÍA: ¿USAR, PRODUCIR O APROPIARSE?

Una de cal y una de arena.
Por un lado, es muy relevante que el discurso presidencial instale como tríptico central de los atributos necesarios en el mundo actual a la energía, los alimentos y la ciencia y la tecnología.
Por otro lado, es preocupante, y con poco esfuerzo analítico, diríamos que lamentable, que con demasiada facilidad se bastardeen ideas en el escenario de la CyT.
Entender que la producción de energía y de alimentos son cuestiones críticas es directo. Menos inmediato es precisar cómo nos sirven la ciencia y la tecnología.

¿A que deberíamos aspirar?
¿A que toda actividad productiva se haga en términos de máxima eficiencia, lo cual implica que el diseño e implementación de todo proceso haga uso del mejor conocimiento disponible?
¿A qué ese conocimiento de vanguardia se desarrolle en gran medida en el país?
¿A qué además de usar el conocimiento y generarlo sea nuestro, en el sentido más profundo, vale decir: propiedad pública o de residentes nacionales y de fácil acceso para cualquier interesado?
Cualquiera diría que lo último es lo deseable, pero que hay que ir paso a paso.
Es cierto. Construir una base de conocimiento productivo que se asuma como factor determinante para la forma en que se atienden las necesidades de la comunidad y se consigue la inserción en el mundo, no es tarea menor ni de unos pocos años. Eso sí: el paso a paso hay que definirlo con claridad, sin posibilidad que para unos signifique una cosa y para otros otra. Si esta claridad no está, puede festejarse como un logro cualquier situación en que se aplique conocimiento y peor aún, puede utilizarse la indefinición para llegar a resultados que no solo no sean los deseados, sino opuestos a ellos.
Es en este punto, ingrato punto, que estamos.
Se instalan plantas de ensamblado de celulares o computadoras en Tierra del Fuego y no contentos con decir que estamos fabricando equipos a los que solo ensamblamos, decimos que ese es un contexto de tecnología de punta.
Hace pocas horas, Monsanto anuncia la instalación de una planta de procesamiento de semilla de maíz transgénico y la puesta en marcha de dos campos experimentales. La Ministra de Industria festeja el hecho, diciendo que esto está “vinculado al ferviente convencimiento de las cualidades de Argentina en el desarrollo de biotecnología”, cometiendo varios errores a la vez. No solo confunde desarrollo con uso, ya que Monsanto hace los desarrollos en otro país y aquí simplemente los adapta y aplica. Además de eso, reniega del hecho que la consolidación de Monsanto como líder en semillas en el país bloquea los esfuerzos de grupos nacionales que aún quedan, a pesar de los vientos adversos, y del propio INTA, que resignadamente se limita desde hace varios años a trabajar para multinacionales en este campo, a pesar de tener potencial técnico sobrado para tener desarrollos propios. Toda la historia de evolución de semillas del país está marcada por esfuerzos públicos que fueron una y otra vez apropiados por empresas privadas, la mayoría extranjeras. Aún hoy, basta ver los campos experimentales para semilla de algodón, de corporaciones extranjeras, rodeando la estación del INTA en el Chaco, de modo de aprovechar así sus técnicos, en cómoda doble ocupación.
Finalmente, ya no como error, sino como decisión política peligrosa, la Ministra – y un rato antes la propia Presidenta – toman partido por un modelo productivo que tiene flancos técnicos y sociales muy delicados, algunos de los cuales son claramente negativos para el país.
A todo esto se lo califica de avance en la incorporación de ciencia y técnica al sistema productivo, lo cual definitivamente es una entelequia, ya que no habilita para una mayor autonomía productiva – objetivo básico del conocimiento – sino todo lo contrario.
Estos errores, algunos de ellos serios, se mezclan con progresos inéditos, como el apoyo brindado a INVAP para desarrollo de radares o los avances de la Comisión de Investigaciones Espaciales o cuestiones vinculadas a la producción de drogas o a la genética animal, que tal vez nunca hubieran sucedido sin la ayuda pública.
La causa fundamental de esta mezcla confusa, a criterio de quien esto escribe, es que se creó un Ministerio de Ciencia y Técnica al cual no se le asignó – o éste no asumió – un papel rector en el tema, al punto tal que de allí solo depende el Conicet, mientras cada uno de los otros importantes ámbitos públicos de CyT dependen de un Ministerio distinto y si faltara algo, cada Universidad define su estrategia propia. Por este camino, el conocimiento se convierte en algo que elogiamos, pero como lo hacemos con la belleza. Es un carácter más estético que funcional a un sistema de mejora de la calidad de vida general.
Así, el Ministerio se limita a seguir dando premios individuales a la excelencia y a algunos tímidos intentos de estimular grupos público privados para desarrollo, sin mover el amperímetro de las ideas en este tema, ya que no alcanza a poner en el discurso oficial la vocación de autonomía, de apropiación nacional, que es esencial para poder decir que vamos bien.
Por debajo de tal fragilidad se cuelan las ensambladoras y las elogiamos; Monsanto y lo elogiamos; las mineras que no integran su cadena de valor en el país y las elogiamos; las automotrices que ni piensan en producir autos eléctricos populares en el país y nos fascinamos cuando traen un vehículo para exhibirlo. Así, hasta se pone en peligro la meta de producir energía o alimentos, porque no solo pasamos a depender de una multinacional para producir maíz o soja, sino que tampoco damos importancia a contar con la tecnología para producir energía eólica o solar o siquiera energía térmica, en la medida que optamos por importar plantas llave en mano a tal fin.
La Presidenta da en el clavo cuando dice que el siglo 21 es el momento de asegurar la producción de energía, de alimentos y de conocimiento. Ahora hay que hacerlo.
Emm/16.6.12

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