2009 NO ES 2013 Y 2011 NO ES 2015

2009 NO ES 2013 Y 2011 NO ES 2015

Este documento es complementario de uno anterior, que define categorías que aquí se darán por conocidas. Es:

http://www.propuestasviables.com.ar/index.php/2013/09/14/que-debo-tareas-para-un-oficialista-consecuente/

Allí se analiza las cuestiones pendientes centrales y se propone que quienes queremos el éxito del proyecto que representa el gobierno actual nos aboquemos al análisis de las mismas.
Aquí intentaré marcar las diferencias entre el escenario de 2009 y el actual, para encontrar caminos que convoquen a parte de los indiferentes y de los demócratas activos a tener o recuperar confianza en el oficialismo. Buscaré entender cómo miraba el escenario político un indiferente promedio y cuales podían ser sus reclamos entonces y ahora.
Si tengo éxito, aunque sea parcial, buscaré extender la comparación al escenario 2011 respecto del 2015.

La elección legislativa de 2009 llegó después de seis años de aumento sostenido del consumo y de la ocupación, cruzados por la primera confrontación interna con un sector de los dueños históricos del poder, que comenzó apenas cuatro meses después que Cristina Kirchner asumiera la Presidencia de la Nación.
La mejor interpretación que le podemos dar a la conducta electoral de una fracción relevante de los indiferentes es que naturalizaron la bonanza y rechazaron las tensiones y controversias. Esto es: Consideraron que su situación personal era aceptable; la pensaron como permanente y en ese contexto se alejaron de la poca o mucha épica transformadora del discurso oficial. Eso explica – a mi criterio – a la vez la poca adhesión al gobierno en las grandes ciudades y en particular en la elección en la provincia de Buenos Aires, la opción por un candidato a todas luces superficial y poco sólido.
En 2009 no había restricciones al uso o acopio de divisas; no había un sistema de administración de importaciones, para peor mal manejado como el actual; no había posibilidad de construir un fantasma macroeconómico alrededor de la caída de reservas del Banco Central; la inflación era menor; no teníamos sentencias en contra del país, en juicios promovidos por algún fondo buitre. En 2013 todo eso está.
Se podría discutir largamente si eso alcanza para desestabilizar el horizonte económico. Creo que no, que es corregible y manejable. Pero claramente alcanza para cambiar el optimismo implícito en la vida cotidiana de millones de argentinos de 2009, que paradojalmente podían votar casi en joda porque el futuro personal era sereno.
Sería un error pensar que para recuperar la confianza de esa parte de la población es necesario desandar caminos o atender punto por punto la lista resumida más arriba.
Entiendo que hay que explicar cual es el problema de divisas en un país periférico y por qué es necesario evitar el mal uso de las mismas.
También entiendo imperativo regular las importaciones con un criterio muy distinto al actual, que se ponga como prioridad no dejar a un industrial o a un consumidor sin un bien importado realmente necesario para la producción o para la vida cotidiana.
Hay que seguir buscando desmitificar el tema de la reservas y pelear con solvencia las demandas de los especuladores internacionales.
Y claramente hay que discutir el origen y las vías para frenar la inflación, construyendo una teoría que llegue a cada casa, que ponga la puja distributiva y su regulación por encima de las lógicas monetaristas.
Hay que explicar todo esto y hacer lo que corresponde, con operadores creíbles y didácticos.
Sin embargo, probablemente no alcance con eso.
Porque tenemos más problemas en la superficie que en 2009, y los indiferentes no se bancan que los expliquemos y los encaremos en el tiempo. Prefieren caer en la confirmación de que el Estado es un problema y que quienes lo manejan lo hacen mal y por lo tanto habría que buscar otros, los que prometan las soluciones más fáciles y más inmediatas. Tal vez buscar a quienes sean más categóricos en decir que todo pasa porque somos unos imbéciles, como sugieren todo el tiempo Martín Lousteau o Federico Sturzenegger o Martín Redrado.
Al grueso de los indiferentes las explicaciones no les satisfacen, porque ni siquiera las analizan. Conocen su vida cotidiana y familiar y de allí emergen las sensaciones y las pocas decisiones sociales que toman, entre ellas ir a votar.
Para que un gobierno gane una elección con parte del voto de ese componente social debe elegir entre dos opciones:
a) Operar sobre el miedo al cambio, como hizo Carlos Menem en 1995.
b) Construir escenarios de mejora bien concreta para las familias de este sector que dependan de la continuidad del proyecto.
El primer camino, que no me convence en absoluto, ni siquiera es una fuerte posibilidad en este momento, porque enfrente no está José Octavio Bordón, que argumentaba mejor capacidad de gestión pero no contaba con apoyo de los dueños del poder. Hoy, enfrente está un proyecto en gestación, avalado por aquellos que están condiciones de repetir hasta el aburrimiento que quien venga resolverá los problemas en cinco minutos. Un fuerte proyecto restaurador del neoliberalismo.
El segundo camino, en cambio, exige reflexión y más reflexión.
En lugar de un plan de viviendas que permitirá cubrir el 10% del déficit existente, a la vez que centenares de miles de unidades esperan vacías a sus locadores, debemos contar con un camino cierto para las 2.000.000 de soluciones habitacionales que hacen falta. Desde el acceso a la tierra en adelante, todo es posible, si nos liberamos de la lógica de pensar desde las empresas constructoras y pensamos desde los que no tienen vivienda.
En lugar de negociar con los hipermercados y los grandes productores de bienes de consumo, debemos definir formas de democratización plena del acceso de pequeños productores a un contacto digno con los consumidores, equivalente al que tienen las grandes corporaciones. Los indiferentes, sobre todo, deben percibir que esa decisión los tiene especialmente en cuenta y que solo un Estado organizado y participativo la puede concretar.
Como tercer componente de un conjunto mínimo de acciones – los indiferentes no soportan planes completos de gobierno – hay que darle cauce a la capacidad inversora de los sectores medios, para alejarlos de la divisa y hacerles ganar más dinero aún a pesar de su cultura histórica.
La clase media debe poder ser socia de YPF; de una corporación de comercialización de alimentos de la agricultura familiar; de minas de oro, plata y cobre y de las plantas transformadoras de esos minerales en bienes industriales. Hasta debería ser posible armar sociedades con participación masiva de pequeños inversores para cultivar las centenares de miles de hectáreas que están en poder del Estado, especialmente del Ejército argentino. Argentinizar y comprometer en la producción a la clase media debería ser la consigna.
Ese es el camino. No establecer una competencia por quien pone más policías o cámaras de seguridad, pelea que está perdida antes de empezar cuando se lleva 10 años en el gobierno.

Todo lo antedicho seguramente es inaplicable en un mes, hasta las elecciones de 2013. Pero podrá – deberá – marcar el tránsito hasta 2015.
Entre 2009 y 2011 murió Néstor Kirchner, se recuperaron los fondos jubilatorios, se estableció la movilidad para los pasivos, se estableció la AUH. Se contó con la iniciativa en fortalecer el estado de bienestar y la concreta y grosera debilidad de las opciones. La opción no era un chiste transitorio. Era gobernar. Y no apareció.
Para el 2015, Cristina Kirchner no puede ser reelecta y los dueños del poder aprendieron algo más sobre la psicología de masas, en este proceso que les hace diseñar cómo manejar el país sin golpes militares.
Si queremos mantener la posibilidad de acercarnos a la justicia social, los dos próximos años deberemos tener políticas de incorporación al trabajo digno como las que se esbozan en el plan estratégico del Instituto para la Producción Popular (ver

http://www.propuestasviables.com.ar/index.php/2013/06/27/a-los-companeros-de-construccion-colectiva-y-del-mov-evita-aqui-esta-el-plan-estrategico-del-ipp-queremos-dejar-la-marca/

y en relación a los indiferentes – necesarios para ganar una elección – debemos hacer pocos discursos y muchas acciones como las que se presentan más arriba.
Es de Perogrullo. Debemos caminar en dirección a la justicia social, de modo compatible con la subjetividad de cada sector involucrado.
Emm/26.9.13

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