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LA PROMOCIÓN Y ORGANIZACIÓN DEL TRABAJO DESDE LA BASE DE LA COMUNIDAD

PROGRAMA PUEBLO DUEÑO Con distintos términos, que van desde la “inclusión social” en la Argentina al “desarrollo endógeno” en Venezuela, la generación de trabajo genuino en la base social es preocupación central de un gobierno sensible por lo popular.

A nuestro criterio, se han hecho suficientes intentos en todos estos años, por toda Latinoamérica, como para permitirnos hoy contar con posibilidades de sacar experiencia de tantos fracasos y algunos pocos éxitos. Se buscará construir un modelo de intervención que – con las flexibilidades del caso – se aplique en una amplia región.

Nos parece que la gran divisoria de aguas entre caminos exitosos y de fracaso es el rol que se le asigna al mercado.
Durante mucho tiempo no se le dio a esto la importancia debida. Se consideró mucho más importante, en cambio, socializar la propiedad de los medios de producción, con lo cual en muchos lugares, por definición, una cooperativa no solo era mejor que una sociedad anónima, sino que era casi una garantía de éxito.
Es evidente que una cooperativa tiene bases de justicia distributiva superiores a una sociedad personal o anónima, pero ese hecho no asegura ni su éxito en el mercado, ni siquiera un comportamiento como agente económico que sea más generoso o equitativo con los consumidores o con los proveedores. Una cooperativa produce para ganar dinero y en esto no se diferencia de ninguna otra organización productiva capitalista. Solo que después de ganado ese dinero, lo distribuye mejor.
Volviendo al punto central: Creemos que los caminos exitosos de inclusión social deben propender a generar unidades productivas para las cuales el mercado sea simplemente un espacio físico o virtual de intercambio, pero no sea quien organiza toda la vida comunitaria. Es decir: Deberíamos conseguir usar el mercado; evitar ser usados por el mercado.

Para aproximarnos a ese perfil, en nuestra propuesta concentramos la atención en la producción de bienes y servicios que atienden la satisfacción de necesidades básicas. La escala de esa producción será variable. En rigor, deberemos vincularla con la capacidad del Estado de proveer la logística necesaria para llegar a los consumidores.
En un extremo, estarán las unidades que en la Argentina hemos llamado Unidades Productivas Tipo (UPT), que son diseñadas para que una familia o poco más produzca con tecnología eficiente bienes para un espacio comunitario que está a su alcance directo.
En el otro extremo, estarán las unidades que – en Venezuela – pueden abastecer a la red de mercados populares que el Gobierno sostiene, para el abastecimiento de las ciudades.
En una situación intermedia estarán unidades como una cooperativa de producción de calzado escolar a la que el Estado venezolano le asegura un piso de compra, pero su crecimiento luego está vinculado a que pueda atender otros segmentos del consumo.
Lo esencial – común a los tres ejemplos mencionados – es asegurar desde el comienzo del proyecto que el “mercado libre” en el peor de los casos, solo restringe la expansión de la actividad, pero no pone en peligro su existencia.

Además de eso, inmediatamente después de diseñar e instalar unidades productivas de bienes que satisfacen necesidades básicas, aparece la posibilidad de diseñar otras unidades para las que las primeras se convierten en sus clientes.
Una fábrica de calzado necesita suelas, cordones, tinturas, cajas de empaque.
Una planta de pasterización de leche necesita mantenimiento de equipos de acero inoxidable, tambos eficientes y equipados, pequeñas plantas de alimentos balanceados, envases y así siguiendo.
En muchos casos la relación es uno a uno. Vale decir: Si la planta de bienes finales contrata a la empresa proveedora, esto es suficiente demanda para ésta.
En otros, se requiere un plan más abarcativo. Una fábrica de suelas para varias fábricas de calzado, por ejemplo, aunque éstas estén dispersas en una región. Pero lo concreto y valioso es que la construcción de la cadena de valor completa fortalece la sustentabilidad del conjunto, mejora la posibilidad de agregar innovación, de reducir costos. Es pura ganancia comunitaria.

En definitiva, nuestro concepto es que mirado desde el estereotipo del consumidor clásico, un habitante de Maracaibo o de la ciudad de Buenos Aires tiene perfiles muy diferentes que un habitante de Encarnación en Paraguay o Sucre en Bolivia. Pero mirado desde sus necesidades básicas los parecidos aumentan enormemente. Y por supuesto, estas coincidencias se hacen totales cuando se comparan las comunidades más pobres de cualquiera de nuestros países.
A nuestro juicio, por lo tanto, se está en condiciones de preparar y ejecutar un programa común (PUEBLO DUEÑO) donde se instalen industrias de producción de bienes de necesidad directa, a escala local, con tecnología eficiente, contando con la asistencia plena y sin límites del INTI de Argentina y el MINEC de Venezuela. En una etapa inmediatamente posterior al funcionamiento de las primeras fábricas, se promoverá la instalación de las unidades productivas de provisión de bienes y servicios a estas unidades.
Tal programa podría tener principio de ejecución en unas 20 localidades de seis provincias argentinas (Misiones, Formosa, Chaco, Jujuy, Salta y Tucumán) además de las zonas que se asignen en Bolivia y Paraguay.
El menú productivo específico se deberá detallar lugar por lugar, con un fuerte denominador común y se analizará en documentos especiales.
Sin embargo, la idea rectora debe ser y mantenerse clara: asegurar la instalación de industrias de producción de alimentos, vestimenta y material para la construcción, así como otros bienes que se consideren básicos, de propiedad de organizaciones comunitarias o de los municipios, con tecnología probada y eficiente. En este intento, será legítimo y recomendable propiciar, por ejemplo, la instalación de industrias alimenticias donde aún no existe la producción primaria para abastecerla en cantidad necesaria, pero el lugar es apto para que tal producción aparezca. Puede haber una planta pasterizadora de leche y a la vez o un poco después aparecer los tambos; puede haber un peladero de pollos, que estimule con su simple existencia la producción local de pollos. Y así siguiendo hasta poder armar una numerosa lista de ejemplos, en que el mercado hasta hoy ha ordenado la vida comunitaria, bloqueando posibilidades y concentrando la economía. Creemos que ha llegado la hora de la desconcentración. La hora de llevar la producción hacia el pueblo y no el pueblo hacia las góndolas de los supermercados.

El apoyo del Estado es vital para implementar esta iniciativa.
Debemos disponer de las tecnologías que se necesiten; de proveedores confiables de equipos; de todos los espacios posibles de análisis y cooperación entre las comunidades que encaren este camino. Debemos también ser capaces de ayudar a seleccionar los líderes comunitarios o empresarios locales que se encarguen de interpretar fielmente el sentido de la misión y cumplirla lugar por lugar.
Finalmente, debemos evitar prometer sin hacer o buscar hacer demasiado rápido. La propuesta aquí esbozada representa un cambio fuerte de algunos criterios de organización social. No podemos esperar que esos cambios sea fruto de nuestros discursos o de nuestros decretos. Las auténticas transformaciones se consolidan en la conciencia de los pueblos. Y esto lleva tiempo, pero es el único camino positivo sin retorno.

Ing. Enrique M. Martínez
Presidente del INTI
Buenos Aires, 1 de agosto de 2008